jueves, 14 de marzo de 2019

PERORATAS


 Franklin Fernández

1
Algunos artistas llaman abiertamente a una intervención militar. Ya los veré rogando campechanamente por una intervención divina.
2
Nadie puede reclamar para sí el monopolio de la cultura. Nadie puede reclamar para sí el monopolio del arte. Nadie puede reclamar para sí el monopolio de la imaginación.
3
Un canto por la paz, se transformó en un insulto a la vida. ‘Venezuela Aid Live’ no fue un concierto musical, fue un fraude político.
4
Pobre del artista que busque la fama, alcance la nombradía y llegue hasta el estrellato.
5
‘El príncipe negro’, debería autonombrarse el excremento del diablo. O la cagarruta del arte.
6
En el pasado, el problema de la cultura se asumía cambiando el nombre de los organismos culturales. En el presente, se asume cambiando el nombre de sus protagonistas.
7
Señores, el problema de la cultura no se resuelve con un cambalache. El problema de la cultura requiere de una circunstancia especial.
8
El problema de la cultura tampoco es una cuestión de raiting.
9
En Venezuela hay crisis de ideas y crisis de sensibilidades. Los de derecha, tienen crisis de ideas. Los de izquierda, de sensibilidades. Por un lado, somos un país descabezado. Y, por otro, descorazonado.
10
La cultura no es campo para la tribuna política. La cultura es terreno para la siembra, para el cultivo, para el amor…
11
El marchante más importante del país, hace creer a los incautos que, sin él, nada existiría. Induce a los artistas a confiar en su ‘mando, su ‘poderío’, su ‘dignidad comercial’. Alardea a sus anchas que él es imprescindible, que él es indispensable, que él ha nacido para ellos…
12
Hay marchantes que adoran su nombradía. Otros, en cambio, son huérfanos de nombre.
13
Carlos Yusti, Carlos San Diego y yo, pasamos a formar parte de los ‘indeseables literarios’.
14
Algunos amigos se refieren a mí con epítetos tales como: ‘talentoso’, ‘inteligente’, ‘genial’; para luego cuestionar absurdamente mi posición política. Ninguno de ellos me respeta.
15
Hay quienes somos un peligro para la legitimidad de los poderosos. Hay quienes somos un peligro para la ecuanimidad de los consagrados. Hay quienes somos un peligro para la indignidad nacional.
16
No escribo para complacer el gusto de nadie. Ni de zutano, ni de mengano, ni de fulano de tal. Aún más cuando no me interesa ni zutano, ni mengano, ni fulano de tal…
17
Soy el traqui-traqui de la poesía, el tumbarranchos del espíritu.
18
Este país se divide en: ciudadanos bélicos y antibélicos. (Burgueses y proletarios).
19
Los de derecha creen tener deberes, pero no derechos. Los de izquierda creen tener derechos, pero no deberes. ¡Pónganse de acuerdo!
20
La política suele ser social, asocial, antisocial…
21
Quien sale a la calle a lanzar excrementos, a arrojar pasquines fecalizados, se hunden en el estiércol de sus verdugos.
22
Los venezolanos estamos perdiendo la capacidad de comprendernos, de relacionarnos los unos con los otros, de respetar al otro en su diferencia.
23
En este país está de moda la xenofobia, el gorilaje, la inquisición… Lo vivo en carne propia.
24
El fascismo es el devenir de la impunidad.
25
Aforismo: gloria del detalle.
26
Los aforismos son intersticios pletóricos.
27
Con Chevige Guayke he aprendido a escribir ñingas, ñapas, guiñapas fecales…
28
Según Chevige César, su padre es un ‘értogo’, un ‘barugo’, un ‘critol’. Lingüísticamente hablando, un ‘niprotor’. En otras palabras, es un ásparo (ignaro muy sabio de la poesía).
29
En asuntos de cantos, arengas y peroratas, Chevige Guayke es el rey del bolero.
30
La muerte es un apenas. Dar sentido a ese apenas en desuso. 

Franklin Fernández:

Escritor venezolano (Caracas, 1973). Promotor cultural, egresado del Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg (1999). Licenciado en artes plásticas (2003) por el Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón (actualmente Universidad Nacional Experimental de las Artes, Unearte), en Caracas. Ha publicado los libros Silabario del incierto. Entrevistas a Juan Calzadilla (Fundarte, Caracas, 2015), Trizas. Aforismos 1998-2015 (Libros al Albur; Sevilla, España, 2015), Poemas-objeto: cuerpo y textura de la poesía 1998-2008 (Fundación Editorial El Perro y La Rana, Caracas, 2011),La imagen doble (entrevistas a artistas plásticos y poetas hispanoamericanos, El Perro y La Rana, Ministerio de la Cultura; Caracas, 2006); Simples (poemario, El Perro y La Rana, Ministerio de la Cultura; Caracas, 2006); La escritura y tú (aforismos, Sistema Nacional de Imprentas, estado Anzoátegui, 2010), y Breves (aforismos, Editorial El Pez Soluble; Caracas, 2000). Su trabajo plástico y literario ha sido publicado en diversos diarios y revistas del país. Ha recibido, entre otros, el tercer premio de la II Bienal de Artes Plásticas Pdvsa-Oriente, Museo de Arte Contemporáneo de Cumaná (2013); premio Luis Luksic en el Gran Salón Nacional Mauro Mejías (Barcelona, Anzoátegui, 2012); premio “Rafael ‘Fucho’ Tovar” de la X Bienal Nacional de Escultura Francisco Narváez (Porlamar, Nueva Esparta, 2009); premio “Rita Valdivia” del Primer Salón Oriental Galería Pedro Báez (Barcelona, Anzoátegui, 2008); medalla “José Antonio Anzoátegui” en su Segunda Clase, Gobernación del Estado Anzoátegui (Barcelona, 2008), y el Gran Premio “VI Salón Regional de Jóvenes Artistas” de la Galería de Arte del Consejo Legislativo de Anzoátegui (Barcelona, Anzoátegui, 2001). Participó en el Décimo Festival Mundial de Poesía celebrado en Caracas (2013) y en la polémica exposición Eufemismos imperiales, realizada en el Museo de Bellas Artes de Caracas y en el Centro Provincial de Artes Plásticas de La Habana, Cuba. Ha trabajado como encargado de la Tienda de Arte de laFundación Red de Arte y como especialista en gestión cultural (artes plásticas), en el Ministerio de Cultura, estado Anzoátegui. Actualmente se desempeña como operario en la Imprenta Regional del estado Anzoátegui y es presidente ad honorem del Ateneo “Miguel Otero Silva” de Barcelona, Anzoátegui.

sábado, 23 de febrero de 2019

Con áureos buriles o un selfie con literatura


Con áureos buriles o un selfie con literatura

Carlos Yusti

En el libro de Lewis Carrol, Alicia a través del espejo, está el jardín de las flores vivas. En este jardín, de por sí extraordinario debido a que sus flores aparte de estar rebosantes de vida pueden hablar, se descubre; a pesar de la belleza exterior que ofrecen las flores, su fealdad interior, su pequeñez cuando algunas flores hablan y el lector descubre que son envidiosas, intrigantes, chismosas y vomitan pestes de las otras flores.

Una tertulia de escritores es lo más parecido a este jardín de Carrol. Los escritores muchas veces están carcomidos por la envidia y cuyas observaciones, llenas de cuchillos envenenados, con respecto a sus otros colegas deja en claro su pequeñez, su inigualable fealdad.

Portada del libro.
El escritor Diego Rojas Ajmad es un paseante que busca lo menos grotesco en se jardín de la literatura. Como lector aparta el ego, especie de maleza dañina, de los escritores y se sumerge en sus textos tratando de encontrar ese destello hipnótico de la belleza que encierran la escritura a pesar de sus autores.

Esa condición de lector discordante (no todos los profesores son lectores polivalentes) sitúa a Diego Rojas un poco a las afueras donde el jardín de la literatura adquiere aspectos secretos, o asombrosos, lo cual le permite ofrecer dichos aspectos, como escritor y profesor, para despertar en los demás una acuciosa curiosidad sobre el arte escribir y que a la postre resulta un sinuoso mecanismo de relojería con el lenguaje.

En tal sentido las clases del profesor Diego Rojas se salen de ese recuadro del bostezo y permite que sus alumnos aborden lo literario desde sus flancos menos previsibles, quizá tratando de estremecer la somnolencia de un alumnado que cree con firmeza que escribir mensajes de texto es escribir. De sus clases con sus alumnos, aparte de las discusiones de rigor, del análisis de textos y escritores, ha surgido un libro electrónico que recoge un conjunto de ensayos que abordan lo literario.

El libro Con áureos buriles (que pueden bajar de la Internet en esta dirección: http://fondoeditorial.uneg.edu.ve/catalogo/digitales/con_aureos_buriles.pdf) es un exploración de la literatura escrita en el estado Bolívar, o que de alguna manera se ha entretejido partiendo de ese exuberante paisaje que Guayana posee. El recorrido comienza con la literatura indígena pasando por el fascinante y surrealista diario de viaje de Sir Walter Ralegh (“El descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de la Guayana, con una relación de la gran y dorada ciudad de Manoa a la que los españoles llaman El Dorado".) Sin dejar al margen por supuesto El himno del estado Bolívar o algunas de sus canciones emblemáticas; así como poetas insignes como Jean Aristeguieta o Teresa Coraspe hasta desembocar en escritores y poetas como Francisco Arévalo, Pedro Suárez, Roger Vilaín, Carmen Rodríguez. Es un libro que redescubre el discurso literario de una región, pero a su vez un mapa de una escritura heterogénea que reinventa y metaforiza de alguna forma el perfil de Guayana. El libro a través de la técnica del ensayo y el análisis literario va al hueso de lo literario. Libro antológico por excelencia también recopila las voces por separado de sus autores: Sor Isabel Campo Toussent, Mayerlín Longart, Eglimar Jiménez, Dudy Vega, Alixal Lepage, Rosa Urdiales, Andreína Lovera, Yubinni Noguera, Marielén Muñoz, Martha Jansen, Alenairám Hernández, Anyelice Velásquez, Noemí Barcos y Georgina Bolívar.

No quiero caer en la trampa de explicar el libro, pero si me gustaría traer a colación un texto Diego Rojas Ajmad (compilador y editor): “Recuerdo aquellas clases en las cuales el grupo de estudiantes se acercaba por vez primera, con curiosidad y asombro, a las herramientas y técnicas del análisis literario. Apoyado en el símil del paseante que carece de la terminología y la ciencia de la botánica y que, ante la flor encontrada al lado del camino, no puede emitir otro juicio sino el de decir que es bella, de esa manera defendía a idea de que el lector requiere de un saber que le brinde palabras, argumentos y certezas para decir algo más acerca de una obra literaria. Describir las tramas y recursos del lenguaje que facilitan la constitución de la obra literaria, comprender las intenciones del autor y valorar a la literatura en función de su situación en relación con otras obras, con su contexto y en la tradición de su propio género, les permitió decir a los estudiantes algo más de un “me gusta”, como el ejemplo del paseante ante la flor. Entender que un poema, un cuento o una novela, inclusive una canción o un texto de las redes sociales presentan retos de lectura, niveles de comprensión que deben superarse,…”

A mi este libro se me antoja como una especie de selfie por aquello escrito por Enrique Vilas-Mata: “¿Qué hay en una selfie? Seguramente, un gesto de autoafirmación por parte de quien se auto captura”. En el caso que nos atañe sería que los distintos autores del libro Con áureos buriles se auto capturan como lectores en los distintos ensayos que escriben para aproximarse a determinadas obras y autores. En algunos casos el selfie sale movido, tembloroso; en otros se percibe un poco fuera de cuadro y en algunos otros casos el selfie hace todo lo posible por tener un equilibrio armonioso. Estos niveles y desniveles por supuesto le otorgan al libro su entrecomillado encanto. Además subraya que la escritura, en su aparente sencillez, convoca sutiles complejidades. Si estos jóvenes ha aprendido esta lección la novela, el cuento y el poema ha ganado nuevos lectores y eso es un punto a favor de la literatura. Un lector es aquel hombre o mujer seducido por las palabras, es un paseante en ese jardín de la literatura que va de un libro a otro, como es propio de las abejas ir de una flor a otra, como buscando la luz de la que la escritura encierra a pesar de ir a tientas en la oscuridad cerrada de la existencia.


Cuestión de método


Cuestión de método

Francisco Arévalo  


Hay que buscar cómo vestirse, es el desespero de los partidos y los operadores de la oscuridad (son inevitables para el cambio). Hay que hacer una sola ruta y esa ruta nos llevará al final del camino.

Mi estimada amiga Diana Gámez por estos días me decía que había gente especialista en no decir nada en sus artículos. Algo como que eran tan enjabonados o acuosos que no se comprometían con nada y por lo tanto pasaban las pruebas del gameloteo positivo y la inocuidad. De indefiniciones y culillos está llena la historia menuda de nuestra ciudad y nuestro país.

Advertencia a los verdugos para que no chillen.

Mi pana Carlos Yusti, no sé si mejor artista plástico que ensayista, siempre se ha caracterizado por ser un agudo crítico de todo. Tengo que reconocer que escribo mis artículos inspirado en su corrosiva forma de ver la vida y sus fenómenos. Hoy está dedicado a una hermosa y paciente labor que tiene como fin llevarles alegría a los niños en la organización de las ludotecas escolares. Mi pana Carlos no le da respiro a la formalidad estética del jabón y la estupidez: es implacable.
Pintura de Carlos Yusti

La semana pasada escribí un texto sobre mi ciudad y una dama me dijo que era muy fuerte. Me sentí alegre, pues creo que estoy haciendo lo que siempre he querido hacer: dejar de ser enjabonado con mis escritos. Esta dama es una autoridad en lo que atañe a esta ciudad. Deberíamos prestarle más atención a sus críticas y consejos.

Es cuestión de método cómo usted quiere llegar a la gente, si lleno de ínfulas o sin ademanes. En lo particular me pesan un mundo las ínfulas. Eso sí, cuando las tengo que usar hago el debido derecho de la maldad. No se puede pasar uno la vida con cara de pendejo y que encima la gente se lo crea. Hay que ser y parecer más de la cuenta para que no se entrometan en la intimidad de la casa.

Eso es parte del menú de opciones que me ha dado el nacer y crecer en mi amado San Félix. Ser desconfiando más en la iglesia que en el burdel.

Empezando este 2019 está tomando relevancia ser más vehemente, frontal, osado e hipercrítico. Estábamos secuestrados y sufríamos el letargo del encierro.

Prueba de lo dicho lo vemos en todos los sitios donde confluimos por una u otra razón. Hay un despertar de la capacidad para la rebelión ante el mallugamiento del día a día. La hiperinflación haciendo estragos.

A la capacidad para disentir una formidable arbitrariedad se la había engullido. Estábamos en uno de los estómagos de la bestia y fuimos expulsados violentamente.

En fin, hoy no esperamos mucho de la consabida paciencia tibetana, queremos que cambie el paradigma, estamos hartos del vapuleo, de la precariedad, de la miseria como justificación social, de las negociaciones en los cuartos oscuros y prostituidos de la sociedad y de la asfixiante corrupción que ha tomado cuerpo en todos los espacios de la sociedad. En todos, no hay excepción.

Qué reconfortante que desde afuera intenten, y lo están logrando, sacar a los secuestradores del país. Eso tiene una lectura clara: le duele a muchos nuestro incierto futuro pero más nuestro dramático presente.

Nos han aplastado. La barbarie ha destrozado lo suficiente nuestra modernidad y civilización, pero todavía hay respiro y ganas de ganar la gran pelea contra la malignidad y la recuperación de lo extraviado.

Sigo siendo muy optimista, más de lo presupuestado. Algunos me tildan de tonto, se torna difícil que algunos de los que me lo dicen desde afuera crean que un militante del pesimismo hasta hace poco como yo hoy levanté banderas de esperanza. La razón es muy simple, la opresión con cara de gobierno logró quitarle la máscara y el vestido a todos los factores en puja y dejaron a la gente el protagonismo y la acción con real posibilidad de cambio.

Hay que buscar cómo vestirse, es el desespero de los partidos y los operadores de la oscuridad (son inevitables para el cambio). Hay que hacer una sola ruta y esa ruta nos llevará al final del camino donde inevitablemente el país agarrará por vericuetos o caminos en busca de la liquidada democracia. A eso se le llama variedad, estilo diverso de vida, el que perdimos desde 1998 hasta este día.

Lo que no hay que perder de vista es que vamos a la república o sociedad de los ciudadanos, no a la corrompida y añosa cogollocracia que siempre nos ha puesto los platos en el piso mientras ellos comen en la mesa.

Vamos bien, vamos hacia la sociedad de las ideas, hacia la valiosa república.

Y por favor no inventen un guión distinto que los tenemos pillaos... no hagan una de gato en el tejado.

Los raros de la literatura venezolana


Los raros de la literatura venezolana

Diego Rojas Ajmad  


Una obra rara es aquella que nos desubica como lectores. Nos saca del amodorramiento y nos increpa con desparpajo a abandonar los oxidados esquemas de interpretación para sumergirnos en textos elaborados con originalidad y asombro.

Salustio Gonzaléz Rincón
El poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en 1896 un libro de ensayos titulado Los raros. En él exhibía una veintena de semblanzas biográficas de escritores de su predilección, entre ellos, Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, Lautréamont, José Martí y otros más, unidos todos por el calificativo de raros. Para Rubén Darío el término raro señalaba, más que una similitud estilística o temática, un afán de anticanon, de contracultura, de apertura de límites de la literatura hacia novedosos e insospechados formatos y lenguajes. Un raro en la literatura, para Rubén Darío, no era más que una oveja negra que no seguía ni se amoldaba a los dictados del canon ni al gusto imperante.

Sucede que el raro es un anacronismo. Está antes o después de los gustos y espectros de comprensión del público, confinado por siempre al cuarto de chécheres de la literatura. Por la incomprensión que generan sus textos, por la incomodidad de no saber qué hacer con ellos, terminan como curiosas piezas de un museo de anomalías y horrores. Aún así, ignorado e incomprendido, el raro se resiste a los dictámenes de las instituciones que participan en la definición de lo literario, orbitando perpetua y peligrosamente en las periferias del canon, y recordándonos de vez en vez que la literatura puede ser otra cosa distinta a la que suponíamos.

Rafael José Muñoz
Alrededor de la llamada literatura venezolana revolotean algunos escritores periféricos, transgresores de la norma y cuyas propuestas de escritura resquebrajan gustos y concepciones preestablecidas. Entre ellos, podríamos incluir a Rafael José Muñoz (1928-1981) y su desvariada poesía impregnada de esoterismo y fórmulas matemáticas; a Raúl Chuecos Picón (1891-1937) y Pedro María Patrizi (1900-1949), con sus inusitadas insolencias y temas escabrosos de prostitutas y enfermedades venéreas en la pacata Mérida de principios del siglo XX; a Emira Rodríguez (1929-2017) y su experimentalismo casi al borde de la locura y a Salustio González Rincones (1886-1933) y sus naturalezas transfiguradas, dichas en una cadencia que se asemeja a los modernos ritmos urbanos del rap y el hip hop.

Podríamos mencionar además a Fray Juan Antonio Navarrete (1747-1814), con sus libros desmesurados y enciclopédicos, que invitan permanentemente al juego con el lector; a Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) y su afrenta contra la figura del autor al crear más de seiscientos seudónimos; a Andrés Mariño Palacio (1927-1966) y su exploración hacia la maldad y lo grotesco.

Una obra rara es aquella que nos desubica como lectores. Nos saca del amodorramiento y nos increpa con desparpajo a abandonar los oxidados esquemas de interpretación para sumergirnos en textos elaborados con originalidad y asombro. Quizás dos ejemplos basten aquí para hacernos una idea de la literatura rara. El primero, el poema Aristocrática, de Salustio González Rincones, publicado en 1907:

                                               
“Un pozo en el Barranco.
Flemática está y verde el agua.
Aristocrática agua, obligadamente enigmática.
Simpática es la canción de las ranas, ancha y selvática.

Rojos helechos. Críticos juncos.
Sobre la greda pálida, truncos
yerbajos ariscan sus espeluncos.

Fútil como una arruga,
se agobia el agua bajo la cuenca que la subyuga.

Los arenales
tienen blandura doméstica. En espirales
una gota asidua, titila del agua los vitrales.

Que sol...encomia
de ardor la tierra híspida y momia;
Solo el pozo, destella
bajo el Sol, luz atenta como si de estrella”.


Otro poema, esta vez de Rafael José Muñoz, puede mostrarnos a plenitud la extrañeza que origina este tipo de textos. Desde el título mismo, el poema La antitierra vista desde el espejil, de 1968, es un aterrador y maravilloso ejemplo:
                       
“El cristofué me recuerda la Zona Excs, la Antitierra
donde un aire de blutz abre sus palitos.
El cristofué me recuerda huellas de otra vida,
vientos de Sulis, alcatraces de Sins,
Obeliscos dormidos en el lecho Rousal.

Según veo por el canto de este pájaro
él tiene cruces en su hondor, tiene sulijas
en la Milgrana de Sés Sojél Níger;
y tiene la campana de ludo en el Cajón
donde vientos transversales oscuros
se pasean en flitz y en flatz.

Es decir, que en el Cielo de la Antitierra
las cosas tienen su corazón cerca del Fuego 1,
cerca de la yerba central a 416,69,
lo que equivaldría a la siguiente fórmula:

Antitierra 500.000 años más un átomo de hidrógeno

Por cada litro de espacio sublimado,
equivalente a galaxias perdidas en Burrr,
galaxias aparecidas en Birrr.

Así
      1
________ – 1/n x n – Pi 34 más s
      3

      1
  _____ :
      4         28 x n
             _________
                 36a3

a mitad del paralaje trigonométrico”.

Rafael Bolívar Coronado
Cada uno de estos raros ha aportado desde sus obras, sin hablar de sus peculiares historias de vida, el necesario cambio en la tradición literaria. Sin los raros, sin la continua afrenta y tensión que se producen en las fronteras de lo canónico, en ese espacio de indefinición y cambio permanente, la literatura no sería más que una eterna, invariable y aburrida lista de tareas cumplidas.


rojasajmad@gmail.com


Fuente: Correo del Caroní.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Alexis Sequini

Alexis Sequini

Si algo hay que decir de una vez para proseguir, es que estamos hablando de alguien que marcó imborrablemente el concepto plástico de nuestra región. Así que de ahora en adelante hablaré de un ser excepcional, de un maestro que difícilmente puede estar sujeto a la odiosa indiferencia adrede, al olvido ingrato.

Fernández Sequini incursionó con éxito en la pintura, el dibujo, la escultura, el arte vitral, la cerámica, el cine y la fotografía. Difícilmente hay algo que necesite de aportes creativos que no lo haya realizado. Alexis Sequini era un polímata. Era la esencia de la curiosidad.
 
Lo conocí a finales de agosto de 2003. Trabajamos muy duramente para inaugurar por esos días Encuentro en el umbral, una escultura de gran formato que tenía como finalidad simbólica estrechar los lazos de amistad y económicos de socios japoneses y venezolanos en la reductora de aluminio de Venalum. Después, en compañía de otro excepcional artista plástico, Luis Bellorín, concretaron la escultura en homenaje a los trabajadores en la misma factoría.

Sequini (o Bebini, para los panas), era un tipazo. En una ocasión en la que estábamos en mi apartamento librándonos de los demonios de un día insoportable con escocés del bueno, se percató de aquel desorden de libros y pequeños detalles que estaban carentes de espacio adecuado. Me dijo: “poeta, este desastre lo arreglamos mañana”. Fuimos a la ferretería y compramos material a unas medidas que él llevaba en su cabeza, y una vez con el cargamento en el apartamento armó, seis módulos en menos de dos horas. Quedé asombrado de la capacidad de resolución de aquel carajo que rayaba en la genialidad.

Otra de nuestro amigo entrañable: en una ocasión en la que exorcizábamos demonios con tequila Frida Kahlo, se apoderó de mi cocina y preparó una lapa guisada que difícilmente olvide por el resto que me queda de vida. ¡Qué plato tan extraordinario!

Era un exquisito cocinero, o mejor, era un envidiable hombre de cocina. Creo que todo le quedaba excepcional a mi pana Sequini. Lo único, y que le reclamábamos era el amor por su vida: allí siempre salía raspado. Era un extremista, un suicida con nivel de conciencia.

Sequini era un furibundo crítico de esta vida amorfa y malévola que tiene accionar de gobierno. Era muy duro y contundente. Como todo artista era hostil al poder, entendiéndolo como la capacidad de pocos para aprisionar a muchos, y mire que si algo funciona bien aquí es la arbitrariedad y la precariedad existencial y de los sentidos. En eso estaba más que claro.

Alexis tenía una lectura del mundo erudita y liberal. Te podía hablar de los hormigueros de la Gran Sabana, sobre la Biblia o detalles ocultos de la sonrisa de la Mona Lisa o el último libro del venezolano Rafael Cadenas o del neoyorquino Paul Auster, su mundo estaba situado de curiosidad intelectual.

Era un ser modesto, inteligente. Esto lo llevaba al túnel de los detalles. Sabemos que esto es un indicador como el de la memoria que hacen a los seres creativos. Mi pana lo era y de la alto vuelo. Conocer a Alexis me enseñó los límites entre vida y creación. Eso, lamentablemente, mi amigo no lo supo administrar. Sabía de su seria lesión cardíaca pero se echaba a reír cada vez que los amigos le reclamábamos por sus excesos. Se reía infinitamente de sus atentados cotidianos contra su vida. Eso no se lo perdonamos los que en verdad lo queríamos. Morir de 64 años por estos días es hasta un acto egoísta, por eso tengo esa culebra por arreglar con mi pana Alexis Sequini, el más hondo y multidireccional artista que me ha enseñado la ruta de la creación en serio.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La pecera de los bagres


 Diego Rojas Ajmad       

La obra narrativa de Francisco Arévalo es el retrato vivo de una época, el testimonio de un explorador que se permite ser parte del relato y se queja de la plaga, del viaje y de las bárbaras costumbres del lugar, sin preocuparse por la objetividad que le exige la descripción etnográfica.

@diegorojasajmad

La pecera de los bagres, editada este año por Estival, es el título de la más reciente novela de Francisco Arévalo. En ella se nos ofrece un crudo lienzo de las relaciones humanas que, a la manera de Balzac y su Comedia humana, constituye un proyecto de escritura de largo aliento que se va hilvanando en el conjunto de toda su obra.

Con anterioridad, ya en sus novelas La esquizofrenia de las golondrinas (1999, Premio Fundarte), Adiós, Matanzas de invierno (1999), Tropiezos en el campanario (2008, Premio IV Concurso Nacional de Literatura Alarico Gómez) y Háblame, háblame, Iolanda (2014), Arévalo ha venido presentando una serie de personajes e historias que, puestos en el contexto de Ciudad Guayana, terminan por hacer un entramado de las vicisitudes que se sufren y se gozan en estos parajes de hormigón, como gusta llamar el escritor a esta sofocante urbe.

Es posible extraer de las novelas de Arévalo una expresión y técnicas recurrentes: un estilo caracterizado por la escritura en primera persona, por la presencia de una voz protagonista que rememora episodios y anécdotas que va tejiendo con la crítica agria y destemplada hacia la sociedad, desde un lenguaje áspero, directo, lleno de referencias literarias, musicales y artísticas. Con respecto a ese lenguaje combativo, del que se desahoga sin andar midiendo consecuencias, uno de los personajes de La pecera de los bagres dirá: “con el lenguaje hay que arriesgarse porque es un todo y es lo que dicta el actuar”.

Podría decirse que la ciudad es el personaje central de la historia. Aunque en la llamada novela de la tierra de principios del siglo XX, y luego en la novela urbana, los personajes eran presentados como víctimas de su contexto, marionetas de la selva, la ciudad o el llano, en La pecera de los bagres es la urbe en cambio el despojo de los filibusteros de traje y corbata: “Estamos entonces claros que esta novela es el drama de una ciudad aparentemente normal donde no parece suceder nada y sucede de todo. Esta ciudad es un botín disfrazado de progreso”.

Por ello veo a la ciudad de La pecera de los bagres como una sabina en rapto, como hija del Cid en afrenta, como personaje femenino de una novela romántica del siglo XIX que languidece de abandono y de tuberculosis; en fin, como una urbe martirizada. Casi rozando la denuncia del libelo, del panfleto y del ensayo sociológico, pero sin caer en sus tediosos párrafos, Arévalo no ahorra en adjetivos y cuenta sin ambages este ultraje: “...esta ciudad de enmascarados, de bagres come excremento como describió Fabricio a los actores cotidianos de esta provincia latosa y asfixiante que se construyó con cimientos de miseria humana. Los que hicieron esta ciudad se trajeron su mal accionar y se lo sembraron a sus descendientes. Por eso no servimos para mucho, no somos mejorcitos ni seremos. Sufrimos del mito, diría del complejo de Sísifo, la piedra que se regresa en este caso como castigo es la mala intención sembrada como verdolaga y el no tener remedio, estamos más jodidos de lo presupuestado”.

A pesar de que su lectura puede llevarnos a concluir lo contrario, La pecera de los bagres no es una novela pesimista. No es tampoco un libro de autoayuda que nos trata de convencer de que todo puede ser distinto y mejor. Allí no se pretende el manifiesto político ni el tratado existencial. No se convierte tampoco en una lección moral de lo que debe ser la sociedad ni un nuevo Manual de Carreño. Ni desamparo ni esperanza. Ni regaño ni ajuste de cuentas. La obra narrativa de Francisco Arévalo es el retrato vivo de una época, el testimonio de un explorador que se permite ser parte del relato y se queja de la plaga, del viaje y de las bárbaras costumbres del lugar, sin preocuparse por la objetividad que le exige la descripción etnográfica.

No dudo en incluir La pecera de los bagres en la tradición de la novela de denuncia, en las obras que practican el oficio de la incisiva mirada escrutadora, en la literatura cruel, como la llamó alguna vez Miguel Ángel Campos, y donde pueden incluirse a autores como Miguel Eduardo Pardo, Pío Gil, Manuel Vicente Romerogarcía y Argenis Rodríguez, entre otros, como persistentes voces de crítica e inconformidad ante las injusticias y apariencias. En las más de quinientas páginas de la novela se desnudan las bajas pasiones de los habitantes de la ciudad y ellas sirven de espejo para que cada uno de nosotros se encuentre y se reconozca. La pecera de los bagres es, para usar el título de una inolvidable canción de un músico argentino, una polaroid de la locura ordinaria, y el mayor peligro que podemos correr al leer sus páginas es encontrarnos en la terrible imagen de una selfi indiscreta.

miércoles, 31 de octubre de 2018

El febril Leopoldo



El febril Leopoldo

Francisco Arévalo



Leopoldo Villalobos Boada nació en Guasipati, estado Bolívar, el 15 de noviembre de 1928. Periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela en el año 1960, escritor e historiador desde bastante joven y autor de 30 cuentos inéditos. Ha escrito para toda la prensa de la región y para varios periódicos de circulación nacional. Leopoldo Villalobos es una figura de referencia en cuanto a la historia y desarrollo de Ciudad Guayana, siendo el primer cronista de la ciudad, además se le reconoce como periodista destacado y testigo del crecimiento tanto de Ciudad Bolívar como de Ciudad Guayana. Hay que destacar es un avorazado lector de libros, revistas y periódicos y de cualquier impreso. Creo que es el único lector del diario La Religión.

Entre las diversas actividades que ha realizado estuvo la de formar parte del equipo responsable de esa revista impecable que fue El Minero, de la empresa Orinoco Mining Company, hoy en día conocida como Ferrominera Orinoco, revista que tuvo una larga trayectoria y fijó por más de 50 años la memoria de una región que de manera firme fue dibujándose en el mapa nacional, bueno nuestro amigo Leopoldo fue su insigne director. Es creador del escudo y el himno del municipio Roscio, del estado Bolívar y del himno del trabajador de Guayana, con música del maestro Inocente Carreño. Entre sus publicaciones se encuentra Santo Tomé de Guayana, 1989, con motivo de los 20 años de la Corporación Venezolana de Guayana, donde se expone la historia de la ciudad; Guasipati, Memorias de un pueblo, en el 2003, con motivo de la celebración de los 246 años de Guasipati, su lugar natal. Como poeta tiene un largo poema titulado Megacanto a Guayana. También ha entrevistado a famosos personajes nacionales e internacionales, entre ellos Rómulo Gallegos, Juan Liscano, Carlos Raúl Villanueva, Héctor Guillermo Villalobos, Juan Francisco Reyes Baena y muchos más. Se ha hecho acreedor de varios reconocimientos, entre ellos el Premio Regional de Periodismo, Premio Municipal de Periodismo, Orden Francisco de Miranda en su primera clase; Orden Congreso de Angostura, en su tercera clase; Hijo Ilustre de Guasipati, entre otros. El premio de periodismo de Guasipati lleva su nombre como una forma de reconocer su excelente labor periodística.

Periodista de aquellos

En una entrevista concedida al periodista Antonio Valdez Jr. y ante la pregunta dónde se hizo periodista, expreso: “Nadie se hace periodista en la universidad, de hecho antes no existían las escuelas de periodismo, era más visto como oficio que como profesión. El periodista se hace en base a profunda crítica social, sensibilidad humana, interés por la lectura, preparación e investigación, y sobre todo vocación de escribir para ser agente de cambio. Todo eso requiere tiempo, disposición y entrega”.

En mi accidentada vida como poeta y novelista la escritura en verdad requiere tiempo, vocación, lectura y preparación y creo que en eso Leopoldo Villalobos ha dado interesantes lecciones.

Carlos Yusti que aprecia una enormidad a Leopoldo ha escrito: “Leopoldo Villalobos es un viejo dinosaurio. Tiene la piel curtida de gramática e historia. Tiene el corazón blando de poesía mala y cristalina. El alma atestada de buenos sentimientos, muchos libros, conversación y sueños. Pertenece a ese viejo periodismo lleno de pulcritud (sin erratas políticas ni sintácticas), imparcialidad, objetividad y cultura”.

En lo personal uno ha aprendido a través de los escritos y las crónicas de Leopoldo Villalobos a verle el costado de historia humana a esos dichosos parajes de hormigón de mis sueños y desvelos, a captar esa historia menuda que no interesa a la academia, pero que en la escritura de Leopoldo se vuelve inmensa. No respeto en Leopoldo sus años, respeto si su escritura, su tenacidad y vocación de escribir; si se quiere esa disciplina forjada en la mejor metalurgia de ese periodismo que se vive en la navaja del día a día.

Leopoldo Villalobos es un escritor de temperaturas, escribe con cierto estado febril y en ocasiones vuelve la obviedad en una metáfora fluida, pero hay debajo de esa prosa de aguas tranquilas una inquietud calor restringido, de calor efervescente. Toda buena escritura siempre te desacomoda, se vuelve chirriante, algo así como si la fiebre pasa las uñas por la pizarra de tu alma.