domingo, 22 de abril de 2018


Entrevistas

Josefa Zambrano: “La vida misma proporciona el mejor material ficcional”


Zambrano: “Sigo creyendo que la palabra nombra y crea, que el escritor vive por y para la palabra”.


Carlos Yusti •
Josefa Zambrano


Fui en autobús desde Puerto Ordaz (cuarenta minutos y algo) hasta Ciudad Bolívar para conocer a Josefa Zambrano, a quien conocía sólo por sus cuentos. Ella por su lado vino desde Caracas (una hora en avión) para participar en alguna actividad literaria junto con la poeta (y excelente amiga) Teresa Coraspe. Josefa tampoco me conocía, pero había leído algunos de mis ensayos en el suplemento cultural de Últimas Noticias y le causaba algo de intriga mi estilo desencuadernado, mi lirismo de cafetín literario y esa gramática pendenciera de lectura desesperada y apremiante. A mí me gustaban sus cuentos trajeados con un estilo un tanto tradicional, pero que poseían un encanto inusitado y en los que personajes sencillos daban una lírica surrealista, similar a esa niebla que a veces baja desde el páramo y todo lo desdibuja, lo torna todo como un sueño movedizo. Lo cierto es que Josefa Zambrano vino a Ciudad Bolívar a sus cosas y si quedaba algún chance trataría de conocerme. De eso está hecha la música de la literatura; de esa armonía del azar están hechos los encuentros.

Teresa Coraspe hizo lo conveniente para el encuentro. Me impresionó (y me gustó enseguida) esa mujer blanca, de pómulos rosados y una blusa estilo chino de color azul oscuro, con finos estampados de flores y dragones. Al hablar tenía cierto tic de paisana, pero en la conversación enseguida uno descubría a una mujer inteligente que iba a su propio compás tanto en su escritura como en su vida; una mujer que escapó de esa refriega de la cotidiana bostezante y pueblerina para encaminarse por esa vía de lo políticamente incorrecto, quien a fuerza de tenacidad y agudeza fue minando sin ruido, pero con firmeza, todas las convenciones. Desde ese fugaz encuentro, en la calurosa ciudad del Orinoco, nos une una amistad fluida y con sus tempi respectivos.

Josefa Zambrano tiene esa entereza silenciosa de esos seres de la montaña atareados en contar con tranquilidad lo extraordinario. La visité en Caracas varias veces, pero la primera vez que compartimos en una cena estuve husmeando por su biblioteca. Tenía una edición de Las mil y una noches. La edición era la de Richard Burton. Sí, la tan citada por Borges: “Aventuro la hipérbole: recorrer Las mil y una noches en la traslación de sir Richard no es menos increíble que recorrerlas ‘vertidas literalmente del árabe y comentadas’ por Simbad el Marino. Los problemas que Burton resolvió son innumerables, pero una conveniente ficción puede reducirlos a tres: justificar y dilatar su reputación de arabista; diferir ostensiblemente de la eñe; interesar a caballeros británicos del siglo diecinueve con la versión escrita de cuentos musulmanes y orales del siglo trece”. En su escritorio de trabajo tenía una reproducción a todo color de El jardín de las delicias del Bosco y como música tenue de fondo se dejaba escuchar la Carmina Burana. Además estaba Sandra Dick, con su belleza elegante y sofisticada; poseía una luminosidad ávida y era como una emulsión estimulante de vitalidad y delicadeza, especie de mariposa febril; no era una mujer, sino invitación sana al misterio, sin mencionar su amabilidad ilimitada. Esa fue una inolvidable velada digna de cuento árabe.

Witold Gombrowicz se perpetraba entrevistas a sí mismo como una forma eficaz de darse a conocer y promocionarse cuando era una quimera como escritor. Enrique Vila-Matas ha escrito: “…fui feliz en la época en la que inventaba las entrevistas y hoy en día, como entrevistado, lo paso bien ensayando ideas y teorías…”. Con esto quiero acotar que las entrevistas tienen algo de irreal y pasajero, pero me gusta conversar con mis amigos escritores no para saber más que de los entrevistados en sí, sino de esos laberintos de la creación de la literatura. Quiero conocer más de ese verse con el lenguaje a la hora de escribir. Necesito escudriñar detrás de las palabras, de ese gran instante de iluminación, que atrapa a escritores y a lectores por igual, al leer un texto. Esta entrevista es un encuentro (a la distancia) no con una gran amiga, ni siquiera con una indispensable escritora, sino con un nervio literario, con un estilo de escritura que va a esa filigrana de la vida, que hurga en lo menudo con recursos creativos e imaginativos de gran fuerza poética. Además, Josefa Zambrano tiene esa entereza silenciosa de esos seres de la montaña atareados en contar con tranquilidad lo extraordinario, mientras la niebla lo desdibuja todo hasta descubrir el hueso de una realidad distinta, pero excesivamente narrativa.



—¿Cómo es su proceso de escritura?

—Es de ritual. Esquivo la escritura. Hago una y mil cosas antes de dejarme atrapar por las palabras que se agolpan en mi cabeza esperando que me siente a plasmar con ellas una historia, una reflexión; en fin, un nuevo texto. Mi proceso de escritura sigue siendo de mucha inseguridad, de escribir y reescribir hasta conseguir la palabra, la frase que exprese mis sentimientos, mis pensamientos. Es un proceso lento y silencioso, de soledad y angustia, de alegría y gozo cuando siento que he encontrado la palabra precisa o alcanzado el texto deseado.

—¿Una idea, un recuerdo, una imagen le sirven de acicate para escribir cuentos o los estructura razonadamente?

—Sí, por lo general se trata de una imagen desencadenante, de un recuerdo que actúa como detonante de lo que será un cuento. El cuento va tomando cuerpo por sí mismo, pero nace de un entrecerrar los ojos, de un ensueño. Distinto es el proceso escritural del ensayo, pues amerita mayor reflexión, estudio, investigación, es decir, de esa estructura razonada que mencionas.

—¿La realidad es el mejor material para escribir ficciones?

El primer libro que leí fue una versión depurada de Las mil y una noches. Al mismo tiempo leía los cuentos de hadas, los suplementos de Superman, La pequeña Lulú, hasta que descubrí a Don Quijote de la Mancha.
—Vivir. Creo que la vida misma es la que te proporciona el mejor material ficcional. La ficción es también una realidad; realidad que nace de la mente creadora, cobra vida a través de la escritura y se echa al mundo mediante la lectura.

—Por lo general, cuando de narradoras mujeres se trata, enseguida se piensa en la Sherezade de Las mil y una noches: una mujer que narra historias para salvarse. ¿Escribe usted también para salvarse?

—La escritura nos salva de los fantasmas que nos acompañan desde que nacemos. La escritura es un don, un gozo, pero al mismo tiempo puede ser, como dice Truman Capote, un látigo que sirve para autoflagelarse. La escritura es una amante muy exigente y posesiva a la que una se entrega, como dice Susan Sontag, “en íntima libertad”. Así que puede salvar o destruir.

—El escritor y novelista estadounidense James Salter decía que es difícil escribir novelas, que se debía tener una idea y con ella los personajes, luego era necesario la historia. Entiendo que en la actualidad escribe una novela. ¿Puede adelantarnos algo de su proceso y elaboración?

—Lo único que puedo decirte es que ya tiene cuerpo, pues he escrito más de lo que considero la mitad, pero por las circunstancias que me ha tocado vivir en estos dos últimos años no he podido retomarla; de ahí que Salter tiene mucha razón al afirmar que es muy difícil escribir novelas.

—¿Qué autores han marcado su estilo literario?

—Fui una niña que prefirió la compañía de los libros. Desde muy pequeña he gozado del placer de la lectura, así que el primer libro que leí fue una versión depurada de Las mil y una noches. Al mismo tiempo leía los cuentos de hadas, los suplementos de Superman, La pequeña Lulú, hasta que descubrí a Don Quijote de la Mancha. Es un libro que jamás me cansaré de leer y releer. Jorge Luis Borges y Virginia Woolf son autores que me acompañan siempre, quizás porque también fueron apasionados lectores. Creo con ellos y con Bachelard que el paraíso debe ser una enorme biblioteca, que vale más jactarse de los libros que se han leído que de los que nos ha sido dado escribir, y que el cielo es una lectura infinita, inacabada.

—¿Qué lee en la actualidad?

—Como te dije hace rato, estos dos últimos años han sido muy difíciles y dolorosos para mí, ya que perdí a Sandra Dick —el amor de mi vida—, con quien compartí feliz unión durante treinta y tres años y siempre dije que ella, como Dulce María Loynaz, vivió “un estilo que el mundo va perdiendo”. Y seis meses después de su muerte, falleció José Luis, mi único hermano. Cuando la tristeza es tan inmensa pierdes la capacidad de concentración, así que no era capaz de leer ni siquiera el editorial ni un artículo de opinión en la prensa diaria. Poco a poco fui sobreponiéndome y como quedé sola con cuatro hijitos felinos: Pompeyo Augusto, Pericles, Isis Coromoto y Konstantin Kavafis, y dos caninas, Chilindrina y Palas Atenea, comencé de nuevo a leer. Leí sobre esos sensuales e inteligentes seductores que son los gatos y comencé con El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, los poemas para niños de T. S. Elliot. Después seguí con Gatos sin fronteras, de Antonio Burgos, y Lo que aprendemos de los gatos, de Paloma Díaz-Mas. Además leí esos cuentos maravillosos sobre gatos de Guillermo Cabera Infante, Patricia Highsmith et al. Luego seguí con Herejes, El hombre que amaba a los perros y Aquello estaba deseando ocurrir, de Leonardo Padura. Hace poco me atreví a leer ese libro devastador, espejo en el que no queremos mirarnos pero que el régimen nos obliga a hacerlo, y es ese extenso trabajo realizado sobre Corea del Norte por Barbara Demick: Querido líder. Ayer finalicé un libro que me llenó de satisfacción, que me dio mucho gozo leerlo y que no es otro que el ganador del Premio Internacional de Ensayo de Siglo XXI Editores: Trampantojos: el círculo en la obra de Remedios Varo, de Magnolia Rivera, en cuyas páginas tuve la grata sorpresa de ver varias veces mencionado mi nombre y reproducidos párrafos de mi ensayo Lo mágico, lo enigmático y místico en el arte de Remedios Varo.

—¿Qué es ser escritora en este momento actual donde la cultura y el país están como
desmantelados?

—Algo horrendo que jamás imaginé que podría vivir. Es impresionante la capacidad de destrucción del régimen. Comenzaron por convertir el Teresa Carreño en una gallera para sus mítines y actos propagandísticos y proselitistas; siguieron con los museos, acabaron con los ateneos, atentaron contra el Palacio de las Academias. El teatro, las ediciones, las exposiciones y el cine sobreviven gracias al esfuerzo que hacen conjuntamente las instituciones privadas, los creadores y productores y el público ávido de ese cosmos cultural que conocimos y disfrutamos hasta los primeros años de este siglo.

—¿Cómo es su relación con la Internet? ¿Tiene algún blog?

—Muy buenas. Gracias a Internet seguimos en contacto con el resto del mundo. El régimen ha hecho todo lo posible para ralentizarlo, pero aun así no han podido impedir que nos conectemos y nos unamos a las dinámicas redes sociales. Y no tengo ningún blog, pero no niego la posibilidad de crearlo.

—¿Para usted escribir es un trabajo o es una necesidad de expresarse creativamente a través de las palabras?

Tienes que investigar, estudiar y desarrollar un trabajo intelectual arduo para hilar ese fino tejido que es el ensayo.
—Definitivamente, una necesidad de expresarme creativamente a través de las palabras. Sigo creyendo que la palabra nombra y crea, que el escritor vive por y para la palabra.


—¿La literatura puede incidir en los vaivenes sociales o sólo es un saludo insustancial a la bandera?

—Indudablemente incide. Si no fuera así, ¿por qué entonces los escritores, los artistas, los intelectuales, son tan perseguidos en los regímenes autoritarios, dictatoriales, totalitarios como el que está destruyendo a Venezuela?

—¿A qué aspira como escritora?

—A poder seguir escribiendo. A poder seguir leyendo, pues el escribir es un releer.

Usted ha escrito un libro de ensayos, Taumaturgias del verbo (Predios Ensayo, 1999). ¿Es más sencillo el género a la hora de escribir?

—Es más acucioso. Tienes que investigar, estudiar y desarrollar un trabajo intelectual arduo para hilar ese fino tejido que es el ensayo. Debo a mis ensayos sobre Dulce María Loynaz y Remedios Varo mis mayores satisfacciones, pues ambos han sido reproducidos por múltiples publicaciones. Además, desde el punto de vista económico el de Remedios Varo me ha permitido realizar durante dos años un diplomado de escritura virtual en Mérida, Yucatán, México. Así como verlo publicado por una editorial bostoniana y en unas lujosísimas revistas dedicadas al exclusivo mundo de los clubes de golf. Sí, estoy muy feliz por el nombramiento de mi gran amiga y excelsa poeta Teresa Coraspe como miembro correspondiente por el estado Bolívar de la Academia Venezolana de la Lengua.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Keyla Holmquist o la vida desde la poesía visual

Keyla Holmquist o la vida desde la poesía visual

 Carlos YUSTI


“La poesía visual no es ni dibujo ni pintura, es un servicio a la comunidad. El que se agote dependerá del talento de la gente que la hace. Aquí no hay un código, estás al descubierto”.
Joan Brossa

“Hay que hacer algo nuevo para ver algo nuevo”.
Lichtenberg

Lo medita uno (con el silencio en los bolsillos) al patear alguna calle de la ciudad: “que me canso de ser hombre/ sucede que entro en las sastrerías/ y en los cines/marchito, impenetrable, como un/cisne de fieltro/navegando en una agua de origen y/ ceniza.” Así como el poeta chileno Pablo Neruda se fastidia de ser hombre uno se aburre un poco de esa poesía de metáfora y renglón vertical, se decepciona un tanto de esa poesía de a cucharadas en versolibre y comadreo de la cotidianidad cabalgando el símil.

Las vanguardias literarias del siglo XX (el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, etc.) realizaron experimentos visuales y grafológicos con el poema como intentando sacarlo de su extenuación estilística. El invento no era nuevo, no obstante si era pintoresco y contenía entre las uñas ese impulso irreverente, esa búsqueda de la sorpresa y lo creativo al utilizar las palabras como signos plásticos, al ensayar con distintas tipografías para llegar al hueso de lo lúdico. Un experimento que intentaba fusionar lo visual y lo espiritual (e incluso lo sonoro) a una poética a medio camino entre el arte pictórico y la escritura.

En nuestro país la poesía visual tiene buenos exponentes entre los cuales se podría mencionar a Franklin Fernández, Erro (alias Ender Rodríguez), Ramón Ordaz, César Seco, Keyla Holmquist. Cada uno a tientas y por separado ha explorado las posibilidades de la poesía con esas metáforas creadas desde de la mirada y en la que el poema salta de sus goznes, se aleja de la poesía escrita en columna para desparramarse en la página como un hormigueante (y bullicioso) enjambre de palabras y códigos  hasta desorganizar/desplumar de una vez por todas al poema repleto de atardeceres, crepúsculos, flores y esos “cisnes unánimes” que escribiera el inevitable Rubén Darío.

Keyla Holmquist es una poeta que se aparta mucho de las etiquetas y cruza las fronteras, es una especie de exploradora de los nuevos territorios de la palabra poética y de eso que llaman poesía visual, del arte postal y del performance literario que mezcla las artes visuales con la palabra escrita. No es una poeta del común y es exacta la descripción que hace el escritor Alberto Hernández: “Keyla Holmquist es una artista que se hace poeta a cada instante. Poeta desde la mirada hasta la palabra que emerge triunfante de su boca. Observadora, silenciosa, rebelde, dura a veces, tierna muchas veces, esta mujer/poeta se sabe cotidiana en sus afanes, extraña en su escritura y aérea en la búsqueda ceremonial de la eternidad”.

La poesía como ceremonia, como ritual más allá de las palabras, de esa metáforas que como bisturí cortan el aire de lo cotidiano reinterpretando el mundo anodino de todos los días con una visión fresca de lo poético. Para Keyla tanto los objetos como las palabras poseen un sentido simbólico, un umbra de asombro que busca inquietar al lector, sacarlo de su comodidad literaria y proporcionarle nuevas herramientas para encontrar poesía en los sitios y objetos más inesperados.

Quizá esto escrito así sea un tanto enrevesado. Quizá lo mejor es ver/leer algunos poemas de Keyla para ir aclarando un poco el panorama:



La especial delicadeza de este poema visual no necesita más palabras para hacer sólida una visión singular de lo poético; de un universo metafórico que proporciona a los objetos (y a las palabras) no sólo una fusión armónica, sino que trasmite el sentido de la belleza sin afeites ni trucos de poeta de feria que abunda mucho por estos barrios.
            Los objetos en algunos textos poéticos sirven a Keyla como soporte de las palabras y en esta raras simbiosis el poema cambia por completo la percepción lector/espectador:



            En Keyla el viejo invento del caligrama, y que popularizaron Guillaume Apollinaire y Juan José Tablada, adquiere un sutil giro:


En Rimbaud hubo un anhelo que el mismo narra  cuando escribe: "Procuré inventar flores nuevas, astros nuevos, carnes nuevas, idiomas nuevos. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien, debo sepultar mi imaginación y mis recuerdos!". Sin duda todo poeta cree tener estos poderes inexplicables, pero la vida con sus lecciones, en ocasiones crueles, va equilibrando las cargas y el poeta que lo es de verdad reconoce sus limites y sólo intenta crear vínculos desde la palabra poética, puentes inesperados para cruzar los abismos de la imaginación y los recuerdos:



            Keyla intenta desligarse de las fronteras existente entre la pintura y las palabras; desechar las alambradas entre objetos y palabras para festejar lo poético desde lo visual sin perder lo irónico ni lo estético y subrayando la feminidad sin concesiones:

                   



Retomando estos de los objetos en los poemas de Keyla es necesario acotar que no realiza bricolajes con los objetos (como lo hace Franklin Fernández), sino que emplea el objeto como soporte e incorporándolo al lenguaje como un signo más; por supuesto un signo bastante singular con sus contornos y su especificidad definidos:



            En la serie de poemas titulados Cartas de amor, el objeto participa de esa correspondencia amorosa (un plato y una cucharilla repleta con sopa de letras, un envase, etc.) como una línea que le agrega a estas cartas-poemas un sentimiento inédito sin caer en la cursilería ni en el melodrama ya que los objetos aportan un poco de humor, con toda su cotidianidad a cuesta, a algo tan profundo como el amor:


           

            Candela Vizcaíno ha escrito: “La poesía visual no se hace para ser declamada (oída) como la tradicional, sino que necesita un soporte impreso, dibujado o pintado. Se vale de formas e imágenes que se entremezclan, a veces, con las palabras. Se conoce también como poesía concreta. Y toda ella es una amalgama de artes y fórmulas diversas, a veces hasta supuestamente contradictorias”. Y esto es precisamente lo que interesante de la poesía visual que busca ser un ejercicio pleno de la palabra y las artes donde el ojo y el espíritu coincidan para, como escribe Vizcaíno, “trate de abrir una puerta oculta del inconsciente con una simple mirada, de un vistazo, de un golpe. Quiere ser aparentemente sencilla en su rabiosa complejidad”.
            Los poemas de Keyla cumplen con esa premisa: sencillez compleja y sin complejos ni pruritos. Cada poema es un intento de borrar las fronteras entre arte visual y arte escrito:

         



            Guillermo Sucre escribió: “Ya es bueno decirlo: el mundo no es sólo realidad sino también experiencia. Y la experiencia del poeta es sobre todo verbal. Es obvio que puede nombrar las cosas, pero, al hacerlo, está tratando en primer lugar con palabras. Esas palabras, a su vez, no expresan al mundo, sino que aluden (interrogan, ordenan) a su experiencia del mundo. Lo que es distinto y más preciso. La verdadera originalidad, así como la intensidad, no reside en lo nombrado sino en la manera de nombrarlo; no está en lo visto sino en la manera de verlo”.
            La poesía visual es una manera de nombrar y ver al mundo, pero es también una requisitoria sobre la poesía, sobre sus mecanismos creativos y sobre esa relojería precisa, sobre esa carpintería de ordenamiento del lenguaje y que antaño se llamaba inspiración. Eso podría ser también la poesía visual: un carromato de quincallería exótica. La vida, desde ese armatoste que avanza, puede ser sólo un instante que pasa, un sueño inútil que edifica pasiones, un soliloquio de nervios tensados, un silencio acobardado en un objeto.

El trabajo poético de Keyla es una contienda sempiterna con las formas tradicionales de la poesía y es al mismo tiempo una invitación para descubrir la belleza desde la lectura y la mirada, desde ese ámbito en cual el lector/espectador también comience a crear. La poesía visual es una posibilidad a pensarse desde el poema como acto creador y como creación extravagante que es un reto abierto a muchas posibilidades. Por eso estoy convencido que Georg Christoph Lichtenberg concibió un poema visual cuando escribió: “Un patíbulo con un pararrayos.”


martes, 26 de septiembre de 2017

domingo, 4 de junio de 2017

ROGER HERRERA



ROGER HERRERA

“desadaptado”





La vida del poeta, actor, artista plástico, investigador, ensayista y profesor Roger Herrera ha sido tan productiva, sucedida (a ratos, atropellada) e inspiradora que cuesta resumirla. Imagínese entonces lo que ha sido su obra: casi infinita, incontable, variopinta, crítica, contundente e intransigente, tan libre e incontenible que encuentra vías por donde pueda: en la poesía, en el teatro. (Por eso, el Autor del Mes de junio de la Fundación Editorial Escuela El perro y la rana es el “Chino” Herrera, el que punza y corta, que estremece y atrae con la palabra, con la pintura, con la escena, con su expresión.

Roger Herrera Rivas nació el 7 de junio de 1962 y, aunque es medio escéptico, también es medio místico; no le gusta revelar los detalles de su nacimiento ni su segundo nombre. Criado por llaneros guariqueños, desde muy pequeño está en Caracas y creció en San Agustín, “cuna de guerrilla urbana” donde no hay espacio para la abulia.

Fue en el mismo San Agustín donde inició su carrera (o sus carreras), pues asistía a cuanto taller cultural hubiese disponible. “En mi casa éramos cinco varones y yo era de los que se escapaba. Andaba por ahí echando vaina de muchachito, en esto de la delincuencia menor, pero me empecé a juntar con la gente de la ultraizquierda y las cosas fueron cambiando. Con el tiempo me empezó a interesar la poesía y me la pasaba declamando en la casa, como loco”, memora. Asegura que de taller en taller, como oyente, fue conociendo grandes poetas de los que aprendió mucho. Compartió con ellos en los salones donde dictaban clases nadie menos que Levy Rosell.



Su relación con las letras se hizo popular cuando ganó una mención en el género Narrativa del premio del Centro Simón Bolívar a la edad de 9 años. Aunque esto marca el inicio de su precoz reconocimiento, el carácter prolífico de la obra de Herrera es inherente a esta desde su nacimiento.

Desde ese momento, Herrera se sumergió en las palabras, más como un pez que vive en ese mar que como un humano que ahí nada. “Él es un lector biológico que asimila esos nutrientes de la información no desde la memoria, sino desde la emoción y el entusiasmo”, expresa Marco Aurelio Rodríguez, editor de El perro y la rana y gran amigo del “Chino”.

Con esa misma voracidad de lectura, se volvió un apasionado del aprendizaje. Durante su juventud se mantuvo atento y activo en talleres de literatura, redacción y animación cultural y popular. Muy pronto se sintió atraído por las artes escénicas, específicamente el teatro.

Un buen regalo abriría paso a la característica principal de toda su expresión. Alguien puso en sus manos y ojos su primer libro de Antonin Artaud. Herrera se bebió toda su propuesta y continuó investigando al respecto. Cuanto libro se encontrara con el nombre del francés, lo compraba y devoraba. De esta forma, empezó a pensar una concepción del teatro gestada desde el cuerpo, la voz, la luz, el escenario y reafirmó su actitud crítica y contestataria ante el sistema.

Se unió en ese entonces al grupo T-Pos. Recuerda el artista:

“Era un grupo muy criticado porque no hurgó en la constitución de una estética, de una forma de trabajo donde prevaleciera la belleza, sino que hurgó y se manifestó a través de la expresión pura, del hecho teatral que era en este caso para ellos hacer denuncias y críticas a la sociedad capitalista”.
Con esta agrupación ganó el Premio Críticos de Venezuela, en el área de Mejor Investigación Histórica, por el montaje de la obra Tres etnias, una misma lucha.

A la par, Herrera desarrollaba y conjugaba tres pasiones: la investigación, la escritura y el teatro, mientras iba acrecentando su interés por la pintura. En 1988 publicó su primer libro Fragmentos, un compilado pequeño de diez poemas y diez ilustraciones de distintos artistas, que él mismo considera underground por la forma como fue escrito y empastado. Incluso en esas condiciones, se llevó sus respectivas ovaciones.



Abrió la década de los noventa con su primera exposición de artes plásticas y asumió la dirección de Artes Visuales del Consejo Nacional de Cultura (Conac) “tras obtener una beca o bolsa de trabajo por la propuesta de difundir la obra de Vincent Van Gogh en las cárceles y la de hacer un taller de artes plásticas para niños y jóvenes por todo el país”, como especifica él mismo, y a partir de esa plataforma organizó y llevó a cabo festivales, conferencias, investigaciones, talleres, recitales itinerantes, el periódico En el Camino y la creación de la Red Nacional de Escritores.

En 1993 egresó de la mención Arte Puro en la Escuela de Artes Visuales “Cristóbal Rojas”. Tres años después, por fin, editaron su libro La crin de Dios, luego de casi diez años de haber sido bautizado. “Es un libro de poemas cortos en el que defiendo el recurso de la brevedad, no tiene nada de autobiográfico; se trata de los paisajes del Orinoco y los Llanos”, especifica Herrera sobre uno de sus libros más vendidos. José Javier Sánchez, colega, amigo y seguidor de la carrera de Herrera, sugiere que La crin de Dios puede entenderse como una propuesta de un poeta experimental, debido al uso de la tectónica en sus páginas, lo que demuestra que la búsqueda empírica de Herrera está presente en todas las formas de su arte.

Incansable estudioso, en 1997 se graduó como licenciado en Teatro, mención Actuación, en el Instituto Universitario Iudet. Tan pronto culminó la licenciatura, realizó un posgrado en Gerencia Cultural en la Universidad Simón Rodríguez. “Creo que la solidez de su formación es algo que lo identifica. Roger es, sin duda, un tipo muy comprometido con su preparación”, opina Rodríguez. Con el tiempo y también entre un taller y otro, además de sus estudios, Herrera se convirtió en un maestro de la metodología de investigación y la elaboración de proyectos; conocimiento que utilizó para plantear incontables propuestas de difusión cultural en todo el país.



Poesía y pintura

Miguel Marcotrigiano Luna, en su libro Las voces de la hidra: la poesía venezolana de los años ’90, se refiere con acierto a la obra de Herrera como: “un trabajo original, de carácter, nacido no solo de la experiencia de vida sino de esa veta que podemos hallar en quien está acostumbrado a coquetear con la palabra”. Esta marcada autenticidad pronto rendiría frutos.

A partir del 2000 inició una prolífera etapa literaria de premios y libros. A principios de año publicó su tercer libro, Desadaptado, cuya portada ornamenta una de sus pinturas. Al respecto, interviene Sánchez:

“En ese libro, profundiza la poética de la ciudad violenta sin hacer crónica de barrio, ni delincuencia, ni del universo hostil al que le toca confrontarse sin doblegarse. Esa narrativa sin narrativa, esa construcción poética, la logra con el rescate de imágenes de una forma que solo puede hacerlo él”.


Embarcado en el área editorial, también integró el equipo de producción y edición de libros (sin derecho a emolumentos) de la editorial Ambrosía. En el 2001 publicó otro título: Apuntes sobre el teatro y su doble, un ensayo sobre el famoso libro de Antonin Artaud en el que populariza los principios del teatro experimental y abre las puertas a las artes escénicas contemporáneas.

Toda la carga “volcánica” que caracterizó su poesía se vio mutada en sus próximas producciones. Elegías a Wölfing, uno de sus libros más elogiados, fue publicado 2003 y se convirtió en una de sus obras más queridas por sus seguidores y hasta por él mismo. “Elegías a Wölfing es un libro que yo amo mucho. Para mí es una fumada, es sobre mis andanzas nocturnas en Caracas. Grabamos un audiolibro incluso, me entrevistaron muchísimo por él”, sostiene con cariño.

Ese mismo año ganó el Premio “Tomás Alfaro Calatrava”, mención Bienal Literaria, por el que le es publicada la obra El lenguaje de los dioses en el 2005, año en que también ganó “junto a medio país” el Certamen Nacional de las Letras con la obra teatral Yo, solo Dios que, posteriormente, en el 2006 publicó El perro y la rana.

Octubre Rojo, que descubre a un Herrera más introspectivo, también fue publicado en el 2006 por El perro y la rana, y generó críticas tan buenas como las que ya había forjado a punta de transparencia y autenticidad en sus escritos. Subraya Sánchez:

A medida que vas leyendo la evolución literaria de Roger, te das cuenta de que en sus libros más recientes es alguien más consciente de sí mismo, es un autor que se percibe a sí mismo en el espacio y pienso que es notorio en este título.

Paralelo a toda su obra literaria, desarrolló tres tiempos de su obra pictórica en la que, tal como es su poética, consiguió su propio lenguaje después de una ardua búsqueda, desde la nada, el ensayo y el error. “Antes me decían ‘El rey del collage‘ porque yo hacía mucho, mucho collage”, comenta entre risas. Desde siempre, el humor negro, la sátira y el lenguaje directo han formado parte de su propuesta plástica. En principio, dirigido hacia las figuras sacras y religiosas. Acentúa el autor:

“Yo respeto a Dios aunque a veces me meta con él. En lo personal, creo en lo que está vivo, en las piedras, en los árboles, en las personas, en que uno no se muere sino que cambia de lugar. Exorcizar lo sagrado es un llamado a la paz, es un llamado a la confortación del espíritu, no veo la contradicción”.
Su pintura, de la misma manera como evolucionó su poética, mutó hasta el rescate de imágenes cotidianas del universo, a veces agrio, a veces dulce, que critica y al mismo tiempo agradece Herrera. Si hay algo que nunca, nunca abandonará su plástica, es la metáfora poética.



Artista integral

Asumió la Coordinación del Núcleo de Literatura y Artes Plásticas de la Dirección Nacional de Cultura de la Universidad Bolivariana de Venezuela de Caracas, en la que ingresó formalmente en el 2008 y, sin perder mucho tiempo como es característico en él, creó el grupo teatral Unidades Tácticas de Sensibilización Teatral (UTSA) “Máscara Negra”.

Un año más tarde, fundó junto a un grupo de estudiantes la Escuadra Revolucionaria de Lectura, hoy Grupo Revolucionario de Lectura “Jesús Aranguren” de la UBV. Explica el autor:

“… lugar donde se auspicia el material poético y los escritores de todos los géneros, además de promover a los artistas plásticos, jóvenes cineastas, animadores culturales, haciendo énfasis en el encuentro, el diálogo de saberes y la siembra de valores bolivarianos para la consolidación del socialismo del siglo XXI”.
La antología de toda su poesía fue recogida por El perro y la rana y condensada en la edición digital de Obras completas: Mínimo y Varial I y II (2013).

Su más reciente publicación literaria fue en el 2014, Monólogo para varias sombras, fue editado por la Imprenta Regional de Apure, adscrita al Sistema de Editoriales Regionales de El perro y la rana.

Estos últimos años se ha dedicado a la propuesta y realización de proyectos como el de “Oscar López Rivera” en el Complejo Habitacional de San Agustín del Norte, en el que pretende “llevar la UBV a la calle, romper con el claustro universitario y sensibilizar, respaldar y acompañar las propuestas que proponga la comunidad”, que incluye programas de formación política, así como en áreas informáticas.

Aunque se destaca como autor, poeta, pintor y actor, su obra también está claramente marcada por la música, la danza y ha sido seducido por la escultura. Hasta la fecha, Herrera ha participado como autor, director o actor en sesenta obras teatrales, ha actuado en treinta películas nacionales y unos veintiséis productos televisivos, además de contribuir con la elaboración de guiones para televisoras comunitarias dentro y fuera del país; su nombre aparece como autor, colaborador, ilustrador y prologuista en más de veinte libros. Ochenta de sus obras pictóricas adornan el proyecto Gran Misión Vivienda Venezuela.

En su faceta de maestro, ha sido profesor en la Escuela de Artes Visuales “Cristóbal Rojas”, en el Instituto Universitario YMCA “López Mendoza”, en los institutos de diseño CEID, Perera e IDA, en el Colegio Universitario “Monseñor de Talavera” y en la Escuela de Artes Visuales “Cristóbal Rojas. El número de actividades formativas de la que ha sido parte no se puede contar y ha viajado por toda Venezuela a causa de ello. Ha desarrollado (literalmente) un sinfín de investigaciones y proyectos relacionados de arte, cultura y política.

Entre otros proyectos, cofundó la ONG “Unidad Latinoamericana de Gerencia Cultural”, la asociación de artistas Aliarts y los proyectos pilotos de los núcleos de Literatura y Artes Plásticas para la Dirección Nacional de Cultura de la UBV.

Además de las medallas de honor de la Orden Alí Primera (2007) y de la Orden César Rengifo (2015), tiene alrededor de veinte diplomas de reconocimiento otorgados en varias áreas artísticas por distintas instituciones. Su trabajo también ha sido reconocido en Chile, Cuba, Francia y otros países. Ha colaborado con casi treinta revistas y suplementos literarios en la capital y en el interior del país, de los cuales ha sido cofundador de la revista Redes y el periódico Origen de San Agustín.

Y pensar que solo tiene 55, ¿no? Próximamente podremos verlo en Ex y El Amolador, ambos filmes de Miguel Guédez y en la actualidad funge sus funciones como profesor a Dedicación Exclusiva de la UBV y miembro de la Comisión Editorial del El Programa de Formación de Grado (PFG) en Gestión Social del Desarrollo Local de dicha universidad.

“Pienso que todo lo hice buscando lo mismo que Rengifo o Artaud: un espíritu. Por ganas de hacer muchas vainas porque, como soy tan necio, si hago una sola, me pongo a pensar “por qué no me meto a ladrón”, dice jocoso.




“Roger es un tipo que tiene conciencia de su tiempo y su tránsito por la vida, que cree en sus capacidades individuales para aportarle al mundo y creo que es altamente preocupado por eso. Es alguien que desde su profundidad necesita decir y pronunciarse y, afortunadamente, lo ha hecho con el trabajo. Su búsqueda no es la comodidad ni la tranquilidad, al contrario, necesita estar donde está la agitación para mantenerse activo. Ha tenido hacerse su espacio a golpes desde el trabajo y aún así no tiene el reconocimiento que merece. Es un poeta que habla con toda la violencia de la ciudad sin usar el lenguaje común. Su visión como creador se aparta para poder interpretar con una voz mucho más fuerte y única, y dar un aporte de crónica y crítica de la ciudad, a través de una manifestación artística, sin copiar a poetas contemporáneos venezolanos; sin duda, tiene una voz propia”, describe Sánchez.

Posiblemente, este “desadaptado” sea una de las figuras criollas literarias y artísticas más importantes de este siglo. Al mismo tiempo, es papá, amigo, un profe pana y un hombre absolutamente comprometido con el bien su comunidad. Sus acciones son lo que más lo definen; cualquier cosa que se pueda añadir es redundante y cualquier intento de resumen de la vida de este ácrata se queda corto. A Roger Herrera lo celebramos este mes y pedimos larga, larga vida para él, que significa grandes, muy grandes aportes para el arte y la cultura de los venezolanos y el mundo.


(T/Prensa/FEEPR)

martes, 23 de mayo de 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

sábado, 13 de mayo de 2017