lunes, 27 de mayo de 2024

 Eso de pintar



Pintar, no paredes se entiende, nunca fue uno de mis proyectos. Además, poseía frustrantes antecedentes. Bosquejaba los dibujos escolares, con más esmero que talento, pero mi hermana mayor Mirian les agregaba el color, debido a mi pésima manera de utilizarlos. Sin contar, que envidiaba a un condiscípulo de mi salón de clases llamado Paco, olvidé su nombre, cuyos dibujos eran de formidable virtuosismo al momento de dibujar rostros (o paisajes). Paco trazaba los contornos del dibujo con diestra sutileza y el difuminado de los colores era de precisa belleza.  Mis dibujos, por el contrario, seguían senderos irregulares donde se percibía más pasión y menos precisión con los detalles.

En el bachillerato no fue mejor. En la clase de artística debíamos pintar un lienzo. Muchos de mis compañeros pagaron, o buscaron a terceros, para que les hicieran los cuadros, consistentes en paisajes luminosos y bodegones. Yo pinté un castillo y en una de sus torres un gran gorila parecía mirar al espectador. Pintado con marrones en distintos tonos, grises y negros resultaba algo sombrío. Era un cuadro, de regular tamaño, que salió de las entrañas de mi inspiración; el profesor fijó su mirada más en las entrañas y la nota fue en extremo baja. Las notas de mis deshonestos compañeros ya se sabe.

Muchos años después, y con diversas exposiciones a cuesta, volví a encontrar a Paco. Conversamos de asuntos rutinarios. Que se había casado, tenía dos niños y trabajaba en uno de esos cuerpos de investigaciones policiales. Elaboraba los retratos hablados de sospechosos y delincuentes. Esta vez no sentí ni una pizca de envidia.

Existen tenues diferencias en eso de escribir y pintar. Enfrentarse al lienzo en blanco es tan atemorizante como sentarte en el escritorio a la espera de una frase con cierta densidad. Conrad escribió que cada mañana se situaba con religiosidad en su mesa trabajo, pasaba sentado ocho horas, y todo lo que hacía era eso: permanecer sentado. Al final apenas lograba escribir tres frases y antes de incorporarse debía tachar algunas. Contenía su desesperación e impotencia para no despertar al niño y no alarmar a su mujer.

Juan Rulfo apenas escribió dos libros. Me gusta ese breve cuento de Monterroso titulado Fecundidad: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. La producción de muchos pintores que conozco es siempre mayor que la de mis amigos escritores. En mi caso los dibujos y pinturas son más abundantes que mis textos escritos. Desconozco la razón.

En muchas ocasiones el artista lleva hasta los extremos su estilo. La Unesco en París encargó a Picasso un mural para decorar un vestíbulo. El artista español pintó "La caída de Ícaro", consistente en cuarenta paneles numerados, de ocho por diez metros. Representa el mito griego: Ícaro, el hijo de Dédalo se confecciona unas alas de cera, al volar cerca del sol estas se derriten y se precipita al mar. En el mural la escena central muestra a Ícaro cayendo en el mar, mientras que en primer plano el espectador puede ver a Dédalo erguido como mudo testigo de la tragedia.

En la obra de Picasso está su estilo cubista, en las cuales las figuras se representan desde lo geométrico, desfiguradas hasta la abstracción. El mural parece pintando por un niño de preescolar. Esto dio pie a comentarios burlones e incluso se insinuó que con dicho mural el espectador asistía al declive crepuscular del genio, al igual que Dédalo, veía otra tragedia más profunda.

Tanto en la escritura como en la pintura se trata de simplificar. El mejor ejemplo podría ser el de Samuel Beckett cuyos textos al final están despojados de toda farragosa fraseología. Es famoso ese cuento chino del emperador que hizo venir a su palacio al pintor más ilustre.  Especie de ermitaño quien vivía en las laderas de una montaña. El emperador le encargó un fresco, quería que en él se representaran dos dragones, uno azul y el otro amarillo, de cuya unión surge la armonía celeste. El pintor prometió realizar su mejor obra, pero puso sus condiciones: tiempo, víveres y suministros ilimitados. El artista regresó de nuevo a su hogar. Durante los meses siguientes, las caravanas acarrearon todo lo pedido por el pintor. Transcurrido un año, y el artista todavía estaba en su retiro. El emperador se encolerizaba cada vez que pasaba ante el muro vacío. Envió un mensaje al pintor, conminándolo a que terminara su trabajo lo antes posible. El artista le hizo llegar una carta en la cual solicitaba, con todas las fórmulas de cortesía al uso, más plazo y material complementario. El emperador aceptó. Tres años después el pintor, a quien el emperador ya había olvidado, reapareció. El artista pintó el fresco. El emperador acudió para admirar esa obra maestra tan esperada. Descubrió estupefacto dos especies de zigzags toscamente esbozados, el uno azul y el otro amarillo. ¡Semejaban vagamente dos caligrafías! ¡De los dragones ni rastro! El emperador estalló en furia y ordenó que encarcelaran al pintor. El emperador hizo instalar su cama frente al mural; quería contemplar la obra maestra mientras se dormía. Esa noche un sueño lo perturbó: dos rayos, semejantes a dragones, el uno azul y el otro amarillo se enfrentaban, se entrelazaban y se dibujan en el espacio como dos líneas apenas. A la mañana siguiente, el emperador hizo salir al pintor de su calabozo, quería que le explicara su visión nocturna. El viejo artista sonrió y contestó que la respuesta se encontraba en su casa. Tras cabalgar largo tiempo hasta la montaña y escalar un sendero que serpenteaba a través de un precipicio, el pintor hizo entrar al emperador en su casa, especie de cueva desprovista de lujos. El pintor encendió una antorcha y condujo al emperador en la oscuridad. Sobre las paredes estaban pintados unos dragones azules y amarillos como los que el emperador tanto había esperado, con los detalles más realistas, las escamas resplandecientes, las garras aceradas, pero a medida que la antorcha se adentraba en la oscuridad, iluminaba imágenes cada vez más depuradas para convertirse en simples líneas de fuerza. Al final no quedó más que la esencia vibrante de los dragones, las energías primordiales representadas con los mismos trazos de colores que los pintados en el mural. Entonces el emperador tomó las manos del viejo pintor y se sintió maravillado de ver los pasos de la creación artística y su inigualable misterio.

Esa misma decepción que embargó al emperador de seguro fue la misma de quienes asistieron a la presentación pública del mural de Picasso.

Decidí pintar debido a que quería escribir sobre determinados pintores y en tal sentido necesitaba conocer ese proceso previo para enfrentar el lienzo en blanco, conocer los materiales, saber las posibilidades mágicas del color. Quería conocer si para pintar era necesario estar inspirado, saber sobre el dramatismo de usar un color y no otro, de anular la figura y llegar a lo abstracto para suprimir el horror de la realidad.

La tan manoseada «Inspiración» se escapa como una anguila gelatinosa entre los dedos (aquí dibujo con palabras), no es sencillo definirla, ni tampoco sabría argumentar si algunos amigos artistas han sentido su eléctrica presencia. Entre poetas parece estar más como un latido, especie de fogonazo momentáneo. En muchos malos poetas que conozco hay gran cantidad de poesía interior, incluso algunos convierten su vida en su mejor poema, pero en el papel ni rastro alguno de poesía genuina, si acaso paparruchas con intenciones poéticas.  

En cambio, entre los novelistas es un trabajo riguroso con las palabras y la inspiración va o viene según el ánimo del escritor. Flaubert fue un ejemplo de un escritor que luchó a brazo partido en la construcción de la frase perfecta. Convirtió ese esfuerzo de escribir/corregir es una agonía de trabajo incesante. No es casual que Barthes escriba: “…en Flaubert la dimensión de este esfuerzo representa otra cosa; el trabajo del estilo es en él un sufrimiento indecible (a pesar de haberlo dicho a menudo), casi expiatorio, al que no le reconocía ninguna compensación de orden mágico (es decir, aleatoria) como podría serlo en muchos otros escritores el sentimiento de la inspiración: el estilo, para Flaubert, es el dolor absoluto, el dolor infinito, el dolor inútil”.

En eso de pintar, y lo digo desde mi experiencia, más que sacudido por la inspiración tengo como rachas. En una oportunidad un amigo me obsequió como cuarenta cartulinas de gran tamaño y buena calidad. Las pinté todos en un lapso de un mes. Con el trabajo terminado vino un negociante al apartamento con intención de comprarme algunos cuadros y de hacerme un encargo para pintar un cuadro de cuatro metros de largo por un metro y medio de ancho. No sin antes preguntar a cuanto vendía el metro de cuadro pintado. Le expliqué que el asunto era más complejo. Acordamos un precio y él trajo el lienzo con las medidas. Hice algunos bocetos. Todos le gustaban, pero quiso consultarlo con su esposa. Pinté el cuadro en el pasillo del edificio en tres mañanas. El hombre satisfecho ni siquiera dejó que le embalara la tela.

Conocidos y amigos se sorprenden cuando descubren que pinto; sin embargo, yo me sorprendo que escriba. Y aquí estoy; a la espera de ese trance de escribir mi caída de Ícaro.

 


viernes, 3 de mayo de 2024

 

Tom Ripley está de regreso


Carlos YUSTI






Uno de los muchos títulos provisionales que tuvo en principio la novela El talento de Mr. Ripley fue A Month of Sundays. Patricia Highsmith dijo en una ocasión que la idea le surgió de mirar a un hombre que caminaba solitario por la playa. En su rostro había cierta desolada desesperación, algo oscuro. “Yo quería conocer a ese hombre, descubrir los entretelones de su alma, y enseguida me fui al cuarto de hotel y comencé a escribir”.

Muchas novelas tienen como personaje principal a un arribista sin escrúpulos. Son personajes amorales que hacen lo necesario para lograr sus objetivos. La novela de Stendhal Rojo y negro tiene a Julien Sorel, quien asciende en sociedad vampirizando a sus amantes: madame Louise de Rênal, madura aristócrata provinciana, y Mathilde, joven hija del marqués de La Mole, adinerado parisino a quien Sorel sirve como secretario. La novela Una tragedia americana, de Theodore Dreiser, inspirada en un hecho real, narra la historia de Clyde Griffiths, un hombre sin carácter, irresoluto, algo psicópata y criado con muchas estrecheces, quien asesina a su novia embarazada, de la que se avergüenza, para casarse con una mujer que puede abrirle las puertas del bienestar material y de una buena posición social. Otra novela que traza el retrato de un advenedizo es Washington Square, de Henry James. Una chica poca agraciada, con un padre adinerado y déspota, es pretendida por el joven Morris Townsend, especie de galán de telenovela que sin consideración alguna la pretende sólo por su fortuna. Todos arribistas, pero el que se lleva los laureles es sin duda Tom Ripley. La novela El talento de Mr. Ripley retrata la vida de un estafador subalterno al que un tal señor Greenleaf, especie de millonario americano, lo contacta y le pide que intente convencer a su hijo Dickie para que vuelva a casa, y que por dicha gestión pagará todos los gastos e incluso un salario. Por su parte, el hijo díscolo, Dickie, vive en Italia, en una especie de ocioso turismo artístico, intentando convertirse en pintor a pesar de carecer de talento. Tom acepta el trabajo y de paso así escapa de posibles inconvenientes policiales. Consigue a Dickie y a su amiga Marge Sherwood, con quienes establece una tensa relación que se precipita hacia el crimen y el engaño.

Hay varias películas sobre las andanzas delictivas y sombrías de Ripley. Un canal de streaming trae de vuelta al icónico personaje de Patricia Highsmith, en paquete de miniserie con el simple título de Ripley. Escrita, dirigida y producida por Steven Zaillian.

Esta nueva versión, basada en el libro El talento de Mr. Ripley, viene con características y variaciones que buscan resaltar lo retorcido de la historia desde una visión estética. Filmada en blanco y negro, juega con las luces, enlazadas con las sombras, como un homenaje a esas películas clásicas policiales. En lo personal me trae a la memoria la película Sed de mal, de Orson Welles. Un policial extravagante, también en blanco y negro, donde las luces o las sombras subrayan la ambigüedad del bien y el mal a través de una historia cruda de poder y corrupción.

Otro aspecto de esta versión de Zaillian tiene que ver con la destilación lenta de Tom Ripley, con su compleja red de mentiras, suplantación de identidad y asesinatos, demostrando ese talento impecable, como de mago escapista, que tiene para salir librado de cualquier dificultad. Zaillian se toma muchas libertades con respecto al libro. Al parecer orientadas a crear esa atmósfera donde Tom Ripley, de alguna manera menos lineal, también es un artista con su innegable dosis de sicopatía.

Los guionistas cuando adaptan un libro se enfrentan a ciertos problemas. Un libro al pasar por el tamiz del cine sufre simplificaciones drásticas. En ocasiones algunas películas, basadas en libros, se convierten en obras autónomas (o distintas), y ocurre que a veces la película es mejor que el libro o viceversa. Alfred Hitchcock recuerda que durante un viaje compró un librito de quiosco para pasar el rato. El libro era malo, estaba torpemente escrito, pero le impresionó que sin esperarlo ocurre un asesinato. La novela no era otra que Psicosis, de Robert Bloch.

Muchas veces el guionista por respeto trata de ser lo más fiel posible al libro, pero a la hora de hacer una película muchas manos intervienen. El guionista y escritor William Goldman escribió el guion literario de Misery, novela de Stephen King. Como lector del libro le sorprendió esa parte donde la desquiciada admiradora le amputa los pies al escritor. Goldman escribió la escena con todo el horror del caso. El director y productor Rob Reiner la reescribió y esta vez la mujer le rompe los tobillos. Goldman protestó, pero Rainer filmó la escena reescrita. El guionista tuvo que admitir: “La gente vivió a fondo la escena y odió a la protagonista, pero le encantó la película (…). Yo me equivocaba. Estás convencido de que tienes razón. Nadie sabe en realidad qué funcionará (…)”.

El escritor de guiones vive en ese limbo de ansiedad buscando una idea, un libro que funcione para el cine. La inspiración se encuentra en los sitios menos esperados. El propio Zaillian relata cómo surgió la inspiración para escribir el guion de Buscando a Bobby Fischer. El productor Scott Rudin le había dado un montón de artículos, recortes de prensa, libros e ideas que le interesaban. Enterrado en dicha pila de papeles había un librito escrito por el padre de un niño, o como el propio Zaillian cuenta:

“Fue la fotografía de la cubierta lo que de verdad me llamó la atención: era un niño estudiando una posición de ajedrez sobre un tablero. Sólo tenía siete años, pero su aspecto era muy serio y adulto. La imagen hizo que me planteara varias preguntas. ¿Por qué estaba ese niño haciendo cosas de adultos? ¿A qué tipo de presiones lo somete esa situación? Como suele suceder en estos casos, me vi arrastrado a un mundo específico, en este caso el ajedrez, en el que se desarrolla la historia, y hacia un personaje muy fuerte dentro de ese mundo”.

Todo esto viene a colación debido a que este Ripley de Zaillian crea una obra particular a partir del libro de Highsmith y la excusa del hijo del millonario Dickie, que quiere ser pintor, le sirve para incorporar en paralelo y de manera breve (como entre líneas) la historia del pintor Caravaggio, también asesino, pero cuyo talento como pintor rayaba en la genialidad. Un pintor autodidacta, impulsivo, belicoso, amante del submundo de las tabernas y las prostitutas, cuya vida fue un carnaval de luz y sombra. No es casual lo escrito por Andrew Graham-Dixon:

“El arte de Caravaggio se compone de oscuridad y de luz. Sus pinturas presentan momentos decisivos de una experiencia humana extremada y con frecuencia dolorosa. Un hombre es decapitado en su dormitorio y del profundo corte en el cuello salta un chorro de sangre. Un hombre es asesinado en el altar de una iglesia. A una mujer le disparan una flecha en el estómago a quemarropa. Las imágenes de Caravaggio detienen el tiempo, pero también parecen estar suspendidas al borde de su propia desaparición. Los rostros están iluminados. Los detalles surgen de la oscuridad con una claridad tan misteriosa que podrían ser alucinaciones. Sin embargo, siempre están cercados de sombras, profundidades de negrura que amenazan con hacerlos desaparecer. Contemplar estas pinturas es como mirar un mundo iluminado por relámpagos”.

Hay una escena de la miniserie en la que Tom Ripley está en la Iglesia de San Luis de los Franceses en Roma. Tom está frente a la capilla Contarelli, que está sumida en una silenciosa oscuridad. Introduce una moneda en una máquina y de pronto un gran tríptico se ilumina. Detrás de Tom un cura se detiene y le dice que todo está en la luz. La escena me recordó lo dicho por Krzysztof Piesiewicz, el guionista predilecto de Krzysztof Kieslowski:

“Una vez, estando en Roma, fui a ver un cuadro de Caravaggio en una iglesia que estaba a oscuras y tuve que introducir una moneda en una máquina para que se encendiera la luz. De repente, apareció el cuadro con su increíble juego de colores y me sentí como si estuviera en el cine. Creo que las películas modernas deberían ser como ese cuadro de Caravaggio, en el que aparentemente todo es realista pero que posee algunos detalles que le dan una dimensión misteriosa y espiritual”.


Prendimiento de Cristo de Caravaggio


Creo que el Ripley de Zaillian ha tratado de traducir en imágenes lo dicho por Piesiewicz. Además, en una oportunidad Patricia Highsmith escribió:

“Puedo pensar sólo en una ligera cercanía entre el criminal y el artista, desde que un escritor imaginativo es muy libre; tiene que olvidar su propia moral, su sentido moral personal, especialmente si escribe sobre criminales. Debe sentir que todo es posible (…). El asesinato para mí es algo misterioso. Creo que no lo comprendo del todo (…). Y ese es el motivo por el cual escribo tanto al respecto: estoy interesada en la culpa”.

En la miniserie Ripley está presente en Tom ese deseo de ser otro, esa avidez de cambiar de piel; de dejar atrás a ese pobre tipo con gustos bizarros, sin espiritualidad elevada y sin dinero. Highsmith lo dijo en una entrevista: “Tom Ripley no es nadie y por eso puede ser cualquiera. En ese sentido, es un impostor. Es alguien que se mete bajo la piel de otro, y por eso nos refleja un poco porque todos somos en cierta manera una máscara”.

Quizá sea por eso que Tom Ripley fascina y atemoriza en proporciones iguales. En su vida ficticia hay un cierto paralelismo con la vida real de Caravaggio que como genio y asesino fue condenado a muerte. Por esa razón estuvo huyendo, tratando de escapar de sus enemigos y de sí mismo, de sus demonios. Ocultándose en la luz y en la sombra. Intentando ser otro para no ser atrapado por la justicia. Se dice que Caravaggio al final de sus días estaba extenuado, hambriento, enfermo. Los biógrafos aseveran que murió en una playa solitaria víctima de la disentería, o que fue asesinado a manos de los muchos enemigos que fue cosechando a lo largo de su pendenciera vida. Unos días después de su muerte fue indultado por el papa Paulo V.

Tom Ripley, a diferencia de Caravaggio, escapa siempre. Su creadora no pudo escribir su final, pero aseguraba que Tom estaba perdiendo la razón. La muerte en una playa solitaria podría ser su destino más lógico. O quizás, en un sanatorio, fingiendo ser un hombre cuerdo.

Ripley es ese personaje que se mueve con pulso impávido por la oscuridad, por esos deseos horribles que están finamente enmascarados por una luz trágica. Esto lo hace un personaje actual que nos dice que el mal tiene muchas máscaras, que adopta muchos ropajes y que la vida tiene la luz necesaria para combatir esa oscuridad que intenta, por todos los medios, imponerse y controlarnos.

sábado, 3 de febrero de 2024

La sutileza de la brevedad 


Carlos Yusti (a propósito del libro De lo breve de Maruja Granadillo) 

 


    En un ensayo de Octavio Paz sobre el haikú (Los signos en rotación y otros ensayos,
Alianza, Madrid 1971.) expone esa fascinación hacia la estética japonesa, tanto en la literatura como en sus costumbres y su arte. Paz distingue como dos periodos de esta singular fascinación de occidente por el Japón y en tal sentido escribe: “El primer periodo fue ante todo estético; el encuentro entre la sensibilidad occidental y el arte japonés produjo varias obras notables, lo mismo en la esfera de la pintura - el ejemplo mayor es el impresionismo - que en la del lenguaje: Yeats, Pound, Claudel, Eluard. En el segundo periodo la tonalidad ha sido menos estética y más espiritual o moral; quiero decir: no sólo nos apasionan las formas artísticas japonesas sino las corrientes religiosas, filosóficas o intelectuales de que son expresión, en especial el budismo”. 
   
    Uno puede coincidir con Paz cuando afirma que Japón antes de ser una escuela de doctrinas religiosas o filosóficas es más bien una sensibilidad, una tenue vibración espiritual que busca tocar todos los sentidos.     
   Esa forma poética breve denominada haikú es sin duda un chispazo intenso, pero lacónico, que busca impactar los sentidos. El libro De lo breve (Editado por Fundación Grupo Valdés, Bogotá, año 2020), de Maruja Granadillo asume el haikú desde esa exploración de lo visual. Es una mirada que explora los senderos de la interioridad, el paisaje acumulado desde la mirada. Es una peregrinación por el fragor de lo cotidiano que se vive desde adentro: 

II 
Dulces de pueblo
en un lugar sagrado 
también sus besos. 

 Maruja Granadillo se apega a la fórmula del Haikú, pero no llegó a esta expresión poética por azar, sino que fue un proceso que ha pasado por la práctica consuetudinaria de las artes marciales, a un poema de Bashõ impreso en un almanaque de supermercado y unas estampas del Ukiyo-e. Pero aparte de todas estas señales sueltas e inconexas, que llevan a Maruja Granadillo a escribir haikús, es ineludible subrayar su dedicación a la pintura. Por experiencia deduzco que como pintora andará en plan de búsqueda; siempre con esa inquietud acuciante que la impulsa a buscar nuevas formas expresivas. Indagación y escudriñamiento que sin duda permite a Maruja Granadillo a tener esos ineludibles destellos iluminatorios que le mostraran la dirección a seguir en esas cuestiones estéticas distintas. “Se le prendió el bombillo”, diría algún hijo de vecina, que, en una traducción menos bizarra sería algo como ese preciso instante de iluminación y volviendo a Octavio Paz, este escribe que “por su misma naturaleza el momento de iluminación es indecible. Como el taoísmo, a quien sin duda debe mucho, Zen es una «doctrina sin palabras». Para provocar dentro del discípulo el estado propicio a la iluminación, los maestros acuden a las paradojas, al absurdo, al contrasentido y, en suma, a todas aquellas formas que tienden a destruir nuestra lógica y la perspectiva normal y limitada de las cosas. Pero la destrucción de la lógica no tiene por objeto remitirnos al caos y al absurdo sino, a través de la experiencia de lo sin sentido, descubrir un nuevo sentido. Sólo que este sentido es incomunicable por las palabras”. 

 Toda suerte de hechos fortuitos llevó a Maruja Granadillo al haikú y como es lógico sus breves textos tienen ese sublime toque de lo exótico y de lo sutil: 

XII 

Alza en vuelo 
aroma de granadas 
entre los dedos 

  En el prólogo el poeta Pedro Suárez, quien también ha escrito algunos meritorios haikús, escribe: “De lo breve ve la luz en un siglo aún joven, globalizado pero roto como el cristal de un coche estrellado contra la pared de las naderías. Un siglo que te obliga a contar los caracteres para ensayar por igual el improperio y la caricia. Bastarda manera de oponerse al sutil halago de ajustar las sílabas que sirven al haikú para sanar y celebrar”. 
  Para la poesía nunca los tiempos son propicios. A veces nos faltan esos fogonazos de iluminación para deslastrarnos de tanta realidad maquillada y perdida en esa palabrería anodina y chatarra que se escribe en los muros de las redes sociales. El libro De lo breve tiene belleza, elegancia, pero sobre todo tenue labor de escritura; de esa escritura que se escribe con los dedos del corazón en el papel amarillento de los días. 
  Otro complemento insoslayable son las ilustraciones del libro. Pinturas y dibujos de pujante colorido y de trazos afincados de sensibilidad que reafirman la belleza de un libro escrito y que condesa la luz del mundo en pocas palabras.

XV

El arrecife 
Desgastado a golpes 
se desvanece 

 El haikú intenta darle sentido al mundo desde la palabra poética, busca fijar la vida como un tejido, como una red donde la vida del hombre está interconectada con la respiración vaporosa de la naturaleza. A veces ese hilo se rompe, pero un poema puede volver a unir lo roto, puede reelaborar ese tejido de nuevo para encontrar de alguna manera la ansiada armonía tan extraviada estos días.
 
XXVII 

Ni una mosca 
las aguas del invierno 
lavan las mieles



jueves, 16 de abril de 2020

Entrar en el obra o comerse la banana


Entrar en el obra o comerse la banana

Carlos YUSTI



Al cruzar por primera vez un penetrable (hecho con hilos blancos) del artista Jesús Soto comprendí que yo formaba parte de la obra, que no era unestático espectador. En ese instante, de atravesar aquellos hilos, cerré los ojos e imaginaba que volaba por un banco de nubes. El arte puede encerrar lo simple, pero a su vez va más allá de tu asombro inicial para sumergirte en un hechizo que no se puede explicar con palabras. En los penetrables sonoros (conformadas por delgadas varas de aluminio) a medida que recorres las entrañas de la obra una armonía extraña deja su estela a cada paso.

Algo similar buscaba Mark Rhoko con sus granes lienzos, quería que el espectador se incorporara al cuadro y fuese capaz de palpar los entresijos del dolor con lo cuales fueron pintados. Muchos artistas buscan que su obra arrastre al público  a sus entrañas y de esta forma sacarlo de su comodidad y sumergirlo en esa desazón que asalta al creador al emprender su trabajo.

El mundo de los pintores es hondamente extraño. Con los pintores es poco probable que se hable de arte y conozco una buena porción. Con los escritores puedes conversar de libros, chismear acerca de otros escritores o hacer disertaciones, a dos voces, sobre distintos autores. No obstante con los pintores los diálogos son mínimos y los silencios se derraman por todos lados. Los pintores parecen lejanos, bocetos apenas y que cobran corporeidad real cuando entran en contacto con la tela o diseñan alguna obra conceptual.

Cuando visité al pintor y artista conceptual Ramón Espina en su taller me sentí un tanto decepcionado. Me esperaba un estudio lleno de papeles, pinturas, objetos inútiles, polvo, etcétera; en fin  una especie de caos al estilo del lugar de trabajo de Francis Bacon, pero nada: era un espacio desnudo. No había un libro por ninguna parte. En un rincón una hamaca. Al otro extremo, de una amplia habitación, una mesa limpia con apenas un boceto tridimensional, del tamaño de un cartón de leche, de la obra El paquete económico. Obra cuya realización resultó al final una estructura de aproximadamente ocho metros de altura realizada en madera, cartón y otros desechos, que se estuvo armando por un lapso de varios días en los terrenos del histórico Cerro El Gallo en San Félix. Esta actividad cultural, que contó con recitales poéticos y música, concluyó cuando la estructura ardió en llamas y se convirtió en residuo/arte efímero.

El estudio de Franklin Fernández, escritor, pintor y constructor de poemas objetos, es  muy distinto: Nada de caos. Todo parece estar organizado a conciencia e incluso la biblioteca posee una alineada disposición y pulcritud. El estudio de Ana Rosa Angarita, pintora, novelista y mitóloga, ocupa un espacio en su departamento y allí la anarquía también te deja respirar y el ambiente, a pesar de lo pequeño, es agradable. Los libros se encuentran en otro cuarto. Hay un diferencia significativa cuando el pintor también escribe poemas o cuentos.

Volviendo a Bacon y a su guarida hay un libro de Michael Peppiatt: Francis Bacon en el estudio. Que explora al pintor desde su lugar de trabajo. Para Peppiatt el espacio era de un asco tremendo e inhóspito: “No había alfombras y bombillos colgaban del techo como frutas malignas y brillantes, aumentando la sensación de desafío y amenaza que a menudo irradiaba la presencia de Bacon». Mención aparte el piso. Un basurero tenía más candor y estaba formado por  infinidad de adminículos variados «zapatos viejos, libros de arte caros, pinceles cubiertos de pintura seca, periódicos, suéteres de cachemira con manchas de pintura, algún que otro pasaporte, gafas de lectura, aerosoles de pintura acrílica y platos o cazuelas que había utilizado como paletas».

No sé si el espacio determina los derroteros que tomará el trabajo del artista. Yo trato de encontrar en los estudios de mis amigos pintores las motivaciones que mueven su diferentes trabajos. En una oportunidad le preguntaron a Bacon si había aprendido a pintar y este respondió: “En absoluto. Nunca sé cómo hacer un cuadro. La idea me viene —o no me viene— trabajando. Si pinto, ¿sabe usted?, es un poco por casualidad. Aprendí solo y nunca pensé que mi pintura despertaría interés. El hecho de vivir es una oportunidad. Nunca pensé en hacer carrera, como suele decirse. He trabajado y trabajado. Durante diez años, lo destruía todo. ¡Y todavía a veces pienso que debería de haber seguido destruyéndolo todo!”.

Creo que todo artista, aunque domine los vericuetos del dibujo, no sabe como realizar un cuadro, una obra conceptual, una instalación o un performance. El artista desearía que el espectador dejara de ser sólo un fisgón entrometido de la obra de arte y que se convierta en otro espectador-ejecutante. Que a su vez se trasmute en creador en ese instante que se integra a la obra y descubra de propia mano los calvarios creativos.

Todo esto escrito hasta el momento se convierte en broza cuando la “escultura” de Maurizio Cattelan: una banana pegada, con  cinta adhesiva industrial, a la pared, se convierte en el último hito/grito del arte en la actualidad. Avelina Lésper escribe: “La obra significó un gran esfuerzo para Cattelan, así debe ser, si algo caracteriza a este tipo de obras es que todas están por encima de las posibilidades de los artistas…”

Comerse la banana de Cettelan no es igual que ingresar en un penetrable de Soto, pero con respecto al arte nunca se sabe.

martes, 14 de abril de 2020

William Osuna y el poema traspapelado en la esquina


William Osuna y el poema traspapelado en la esquina

Carlos Yusti

Colocarle etiquetas a poetas y escritores no es mi fuerte. Cada creador literario no decide de manera consciente que derrotero seguirá su escritura, creo que esto se va dando de manera progresiva, además influyen otros factores como las capacidades intelectuales del escritor (o del poeta). Su equipaje repleto con los efectos personales de sus fobias, lecturas y afectos. Buena porción de escritores están marcados por el espacio en el que dieron forma a su niñez y adolescencia. La escritura es propensa de impregnarse de todas esas fragancias, de todos esos recuerdos y de esas vivencias clavadas como una astilla en el devenir de los días.



Al poeta William Osuna lo han encasillado como poeta urbano, vaya a saber cual es el significado (o la connotación) que eso tiene. Lo cierto es que él ha intentado saltar la barda de las etiquetas desarrollando su poesía, al margen de modas, en un contexto en la que la ciudad marca su territorio y le proporciona el material ineludible para su escritura poética. No es gratuito lo escrito por Alberto Hernández: “Tabernas, callejones, pensiones, aceras, funerales, manicomios, barrios, oficinas, discotecas: la ciudad y sus órganos vitales son los encuentros de William Osuna. Cada uno vierte la rebeldía, la soledad y el caos que teje un paisaje odiado y amado a la vez. La ciudad de Santiago de León de Caracas es una agresión, también una caricia”.

Como poeta no olvida su orígenes y en sus poemas queda al descubierto el barrio, la calle, el trapicheo de la jerga, los amigos y las andanzas que conforman su hoja de vida. La también poeta Daniela Saidman acota: “Imposible no imaginárselo corriendo detrás de una pelota de trapo en un baldío de Caracas, volando papagayos o jugando trompo en una calle empinada de una barriada, con las rodillas raspadas como cualquier niño travieso…”

En su poesía la ciudad se mueve como un animal vertiginoso y camaleónico, es algo así como un personaje de novela con sus tribulaciones y angustias. El río Guaire, que la atraviesa, posee también su personalidad, su cadencia y el poeta ha captado su sonoridad con perspicaz oído.

El discurso poético de William Osuna tiene un acento juglaresco, un tono narrativo que a veces se transmuta en una crónica que indaga la ciudad vivida desde sus bordes y con todos los sentidos; esa ciudad que en apariencia es Caracas, pero que muy bien podría ser cualquier ciudad del mundo.

El libro SAN JOSÉ BLUES 1923 (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2019), que se ha editado en varias oportunidades en otras distintas editoriales, está dividido en tres partes: San José Blues 1923, Epopeya del Guaire y Otros poemas. Cada segmento marca un itinerario que va de lo íntimo/personal a lo político y hacia la ciudad como espejo que refleja los sinsabores y luchas en ese cuadrilátero de la cotidianidad siempre sorprendente y sugestiva.

En este libro pueden encontrarse determinadas claves características de su poética: el poema extenso (legado quizá de sus noctívagas lecturas a los poetas de la generación Beat). Metáforas que cruzan el paso de cebra surrealista. Sincretismo musical, que deja sus huellas en cada texto. Lo escrito por Héctor Seijas es pertinente: “La visión heterogénea y heterodoxa de la ciudad le permite a William Osuna la conjugación de registros verbales cuya esencia y fortuna son la expresión de modalidades y estilos musicales que comprenden la nostalgia del tango (Gardel), el grito contestatario del rock (Woodstock), la balada de amor (Elvis, los italianos), el blues (B.B. King),…” Y como punto final está esa atmosfera enrarecida de absurdo que el poeta plasma como un componente  sorpresivo e inusual de la ciudad.

Sus poemas dan cuenta de los amores y desamores que transitan por las calles, del delirio y la soledad que bajan por los desagües de esos callejones iluminados de basura y pestilencia. Poemas que escrutan esa lírica pedestre que se fragua en el bar de mala muerte; con la fichera de turno narrando los artilugios de la vigilia en esa penumbra domesticada con alcohol y música de rocola.  

En los poemas de William Osuna la muerte camina por las calles como otro ciudadano de a pie:

la otra noche un camionero colombiano la vio en un
callejón de Catia
La bombió contra unos peroles de basura, y tirándole
un collarín
de ajo, le gritó en fuga: «bien lejos contigo, híjole,
a’ su madre
con ese ajiley». «Será que la muy bacana no respeta».

William Osuna se encuentra atrincherado en ese bando de quienes sufren la historia. A pesar de ello trata de no imprimirle un eco panfletario a sus poemas y en una entrevista confesó: “…cuando uno trabaja con las palabras, sobre todo en la poesía, las palabras son multívocas y polisémicas, en poesía es muy difícil que los signos tengan la referencia inmediata, porque es muy manido, muy panfletario, lo que buscamos es la altura poética, pero que contenga las admoniciones que uno pueda tener ante las injusticias,…”

Todo lo que disfruté quedó en un zanjón.
Estas imágenes vinieron conmigo.

Veo en la calle que va a Palacio,
la ceremonia de los huesos. A un país vuelto cero
en polvo
en las despensas de la mala calle. En un aro de humo
a los desempleados comerse los cables
sobre el basurero de los días.

A los manes de mi ciudad venidos de la sombra
estrangulados por los cuatro límites.
A los que se censaron en los grandes partidos
Acumulando fangos y el espejo les devolvió hocicos
de cerdo
mientras reían frente a un teatro clausurado.

(Fragmento: Piedra vieja[ I ] )

La jerga de la calle subraya en el poema ese diálogo con el otro sin ese cincelar de la metáfora en busca de la belleza y del verso cocinado en el fuego de los días y no con el diccionario y la gramática:

Piedra Vieja, estoy enculebrado, las chicas de la
avenida Roosevelt
me olvidaron. Ayer frente a las puertas de la altiva
ciudad,
vi cómo el polvo había disipado con todos los hierros
los amores que perdí.
Mis poemas fueron inútiles.
Ninguno abrió las puertas del Reino.

(Fragmento: poema Piedra vieja[ I ] )

Sus lecturas se incorporan en su discurso poético y todo viene atado con ese ritmo del frenesí mordiente:

…en este barrio iluminado
como lujoso burdel de los años 50
dije mis canciones
aquel poema de Pavese
que tanto me gusta
cuando voy en los toneles
de la ebriedad
mis ganas de voltear mesas
a un lado del camino
mi tronco político
aquí siempre tengo 13 años
y a unos amigos
que Buendianamente perdieron
todas sus batallas

(Fragmento: poema Discurso preparado por el escribano cuando los castaños-El cementerio cumpla su primer milenio)

En ocasiones el poema es vaticinio crítico, una visión del futuro que le espera a un poeta pasado de moda. Aguijoneando al poema breve y esos inconfundibles ademanes prestados del haiku​:

En este verano se impondrán los poemas cortos,
seis dedos más arriba de la rodilla con chivita
fu-manchú, hilo chino de la mejor especie y
variaciones de rombo japonés.
Aún así no cambiaré ni el ruedo.
Trotaré por la ciudad entre restos de basura
y picos de botellas de espaldas al porvenir.
Seré como aquel disco tapablanca de los Beatles
que nadie escucha. Me guardarán en el sótano
como un viejo patín. Nadie bailará conmigo.
Celebraré al caballo, al perro y a la rueda.

(Fragmento: poema Modas)


Retuerce la metáfora hasta sus extremos chirriantes, busca sacarle el jugo de todas sus posibilidades; le da muchas vuelta de tuerca a las palabras, hasta encontrar la imagen en su explosión disonante:

Famosas fueron mis borracheras
en el Billy’s.
Famoso el sueño de Geraldine
donde sus bucles
crecían como tornillos mohosos
y ¡Dios! ella entera
se convertía en una flor hidráulica
que germinaba en medio de la noche.

(Fragmento: poema El desalentado)

Los poemas de encuentro/despedida a su madre son los más logrados de este libro. Son algo así como un canto elegíaco, pero bastante alejado del sentimentalismo tosco y si muy cerca del poema escrito en ese baldío sereno del dolor.  

Un poeta como Willian Osuna es un transeúnte que merodea por la locura inyectada en la ciudad, es un despistado que vaga por callejas inhóspitas buscando el poema en cada recoveco que la ciudad le ofrece. Se pierde en el estrepito del asfalto como buscando esquivar la jauría de escritorios de las oficinas que buscan devorarlo en el papeleo burocrático, donde la poesía es negada para privilegiar la cifra, la letra pequeña, el tragaluz del empleado del mes.

El poeta como juglar y ciudadano (junto con sus poemas, se entiende) se ha traspapelado con la ciudad, con la esquina del barrio, con el olor de hollín y monóxido que respiran las calles. Tararea, sin rumbo y en solitario, viejas melodías mientras su espíritu va elucubrando en silencio la metafora que lo redima o que salve a esa ciudad dibujada en sus pupilas. No tiene punto de contacto con esos poetas, trajeados de normalidad y peinados como los primero de la clase, redactando el poema de lenguaje impoluto, sin faltas políticas ni ortográficas, ni requiebros justicieros: el poema de belleza gramatical inexpugnable.  

En lo personal me gusta la poesía de William Osuna debido a ese tono irredento y barriobajero, me cautiva ese leimotiv de música popular que se filtra entrelíneas en muchos de sus poemas. Me anima esta poesía hecha desde la ternura y la rabia, mientras los politicastros de siempre van de gatopardianos vendiendo utopías al mayoreo.

La ciudad escribe el poema, relata la tragedia, narra el absurdo y la comedia. El poeta es apenas el escriba que anota en la servilleta del bar esa brumosa e imprecisa metáfora que pasa por la calle en volandas. El poeta con prontitud intenta atrapar ese celaje que se aleja para escribir ese poema sin horario ni constelaciones; para darle oportunidad a ese poema que coloque todo de cabeza y que a su vez también lo perturbe, que lo zarandeé un poco  hasta arrastrarlo a ese hueco de la perplejidad y la belleza, en este tiempo con veda de musas y la inspiración jubilada.

Octavio Paz escribió que “el poeta desaparece detrás de su voz, una voz que es suya porque es la voz del lenguaje, la voz de nadie y la de todos”. La voz de William Osuna se pierde en esa espiral de voces que circulan por la ciudad o que se escriben en sus paredes. La poesía de William Osuna le dice al lector que la ciudad puede leerse y de algún modo ésta también nos escribe. La ciudad como artefacto y el poema como llave (o herramienta) para descubrir sus infiernos, sus bellezas ocultas, sus revelaciones y esa singular estética que la moldea. La poesía de William Osuna le da un rasgo de prestancia a la ciudad, la convierte en un mito, en un canto, en un ave que vuela, en una barriada que asciende desde la calle a lo azul, donde la Luna semeja un decorado de utilería.

Me interesa ese desenfado de la metáfora desencuadernada con una belleza perturbada haciendo equilibrios en el alambre de los versos, pero con un pulso creativo preciso y sin medias tintas. Algo feroz se pasea por esta poesía de William Osuna; solo espero que ahora cercano al Poder, con su oficina a cuesta, no deje la perversidad de su verbo y que no se aquiete el tigre de su escritura por eso que él mismo ha escrito: “es menos perverso el tigre/encerrado en la quietud de sus rayas”.


William Osuna
Obtuvo en 2007 el Premio Nacional de Literatura. Ha dirigido el taller de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg (1981), y el taller de poesía de la Casa de la Cultura de Maracay (1982). En 1985 coordinó un plan de alfabetización en el barrio Los Erasos, en Caracas, y entre 1991 y 1995 impartió la cátedra de poesía en la Universidad Metropolitana. Ha publicado Estos 81 (1978); Mas si yo fuese poeta, un buen poeta (1978); 1900 y otros poemas (1984); Antología de la mala calle (1990 y 1994); San José Blues + Epopeya del Guaire y otros poemas, y Miré los muros de la patria mía (2004).