sábado, 23 de julio de 2016

LIBROS




MIYÓ VESTRINI, EL PERIODISMO QUE DESNUDA

Alberto Hernández








1.-

Doblar las rodillas, bajarse un poco la falda para ocultar el muslo. Subirse los lentes. Alejar el cigarrillo de los labios. Aplastarlo contra la superficie del cenicero. Distanciarse del afecto para entrar de seguidas en una faena donde quien pregunta guarda silencio mientras el entrevistado queda al desnudo.

A veces el pudor destaca la coloración de quien mira de soslayo la entrada de la madrugada, la salida del sol o el lento disfrute de varios tragos de licor al amparo del silencio y de muchas bocanadas que quedarán en el papel.

Miyó Vestrini trabaja a altas horas de la noche. Usa una ropa que la acerca a una escolar. O a una aeromoza. Sus grandes lentes la aproximan a una vidriera surtida de ideas, de vivas imágenes. Entonces lanza la pregunta, pero previamente suscita una atmósfera traducida en sumario.



Desdobla las rodillas. Se acomoda de nuevo la falda. Mira a los ojos a Caupolicán Ovalles (Guarenas, Miranda, 1936 - Caracas, 2001) para comenzar su rutina, y así con los demás entrevistados, especie de víctimas que saben a qué atenerse porque la conocen: al filo del cuchillo de su voz, a la agudeza de algún desvío. Entonces ella, Miyó Vestrini, como en un ritual, se sube los lentes y repregunta. Labor del periodista, repreguntar, hundir la navaja. Pero Caupo, andariego, responde con la fuerza de sus mitos personales. Con el padre casi olvidado, con el abuelo a cuestas.

“-En mi elegía al padre, que debería ser definido como un libro anti-padre, se maneja la molestia y la melancolía de su muerte”. Y así continúa, descolgado de la nostalgia que lo oprime, aunque a veces la niega. “No me gusta hablar de mí”, pero habla. Y se pasea por la República del Este, entre la política y la poesía. Entre sus dos máscaras. En el Jano que lo marca con dos cédulas de identidad, entre los amigos y los que no lo son tanto, en el deseo de “ser una combinación de Aly Khan, Hamlet y Porfirio Rubirosa”. 




Y después Elías Vallés, el enterrador de la comarca, pero también el que escribe desde la vida. El sepulturero de casi todos los escritores y artistas de este país. El que va a la morgue y trae el cadáver del amigo. El que los maquilla con onoto. El que lee y teme que lo lean aunque anda con escribidores y forajidos intelectuales de la república que fundara en Sabana Grande.

César Cortez y sus semblanzas en pantalla. Cortez gira, danza en una cinta de película. Entre la viveza de sus imágenes y la de él mismo. “Aquí entre nos, me dicen vivo porque lo soy. Pero la viveza es inteligencia y sería idiota decir que soy bruto. Se necesita ser muy inteligente para sobrevivir a diez años de guerra, a un nacimiento en Barinitas, a las obras completas de Vallejo, tomadas como una merengada, “tucún-tucún”.”

Y sentirse perseguido, acosado por viejos fantasmas, pese a no “tener conmiseración con nadie”.

Así se desenrolla este cineasta que Vestrini dejó a la intemperie de su más hondo interior.

Alfredo Silva Estrada  (Caracas, 14 de mayo de 1933 - 15 de octubre de 2009) vive de sus rupturas. Así se percibe y así lo acerca Miyó. Lo persigue en las palabras y ataja cuando lo interroga acerca de si tiene espíritu de grupo: “Los grupos me los han adjudicado. Entre ellos, Adriano González León  (Valera, 14 de noviembre de 1931 - Caracas, 12 de enero de 2008) quien bautizó “Los Unánimes”, porque decía que escribíamos con esdrújulas. Yo le decía que buscara en mi poesía los graves y los agudos…”

Héctor Mayerston, el rabioso, el gran actor de la tristeza. El que no olvida los desmanes de la familia cundo era niño. El que antes “Era un carajito bello, con mirada triste, camisita de lino y pantalones cortos”. El que se pica con cada provocación de la reportera. En que no cree que haya poetas grandes en Venezuela. El hombre que le encanta estar siempre enojado: “Además porque no me gusta Caracas, no me gusta el país. Me parece un país ordinario, sin normas de conducta. Es verdad, estoy arrecho, siempre”. El que reniega de todos los regímenes socialistas. El que siguió triste hasta sus últimas horas.


José Barroeta  (Pampanito, Estado Trujillo 1942 - 2006), el poeta que creía morir a los 38 años, pero que logró superar con creces esa edad. Y celebró con licor y amigos el milagro de seguir vivo. El hombre de la amistad. El que sí cree en la poesía venezolana. En su paisaje, en sus dolores, muertes y aventuras. El que fue feliz en la infancia y quiso regresar a ella. El de las mujeres que amó. El poeta de una montaña y de su silencio. Una conversación donde la ternura de Pepe Barroeta se dejó sentir con toda su humanidad. Encantatoria, trujillana.

Baica Dávalos (Salta, Argentina, 1919 - Caracas, 1983), el argentino con alma de indio. El que recorrió todos los rincones de la República del Este, el que cruzó a nado el Triángulo de las Bermudas en aquella Caracas donde la caña y las discusiones tumbaban y subían presidentes en medio de consignas y metáforas. El que quiso ser marino y no pudo. El que tampoco habla de él, “no por humildad. Quizá sea timidez. O porque estoy harto de la gente que habla de sí”. Un hombre que busca el equilibrio en medio del caos.

Luis Camilo Guevara (1937-2014) le dice a Miyó que escribe poesía “para agredirme a mí mismo. Para sentir que en torno a lo que soy, existe otra posibilidad, la posibilidad de reconocer que yo soy más importante de lo que escribo”. Pero también el poeta que se siente traidor. Que afirma ser traidor como todos. “Hemos traicionado el derecho de vivir. Vivimos como conformes y nunca, mientras se esté vivo, hay que ser conformes”. Se va de la mano de la “revolución” como una contraria posibilidad de ser conforme. Y así, hasta la soledad, su soledad: “-¡Estar acompañado! Lo importante no es, poeta, estar en aquella orilla: allá se está a salvo. Lo duro es estar en esta”.  Y “por Dios Santo y mi madre que es verdad”, esa expresión tan oriental como que el Orinoco da con el mar.

Gustavo Pereira, vivo aún, en la entrevista destaca su stalinismo. No lo niega. La pregunta de Miyó: “¿Y puede protestar en la URSS, un stalinista como tú?”. La respuesta: “-Lo que pasa es que en la Unión Soviética hay leninismo, y Lenin era como fastidioso, ¿no crees?” Luego justifica que Stalin tenía gustos más avanzados que Trotsky o Lenin porque amaba a Mayakovsky. No deja de huirle a los adecos, pero no alardea de anticopeyanismo, porque las veces que éstos llegaron al poder él no se encontraba en el país. ¿En París? O estaba guardado en la Mesa de Guanipa.

Enrique Hernández D´Jesús también sigue vivo. Y muy vivo. Miyó lo desnuda en el papel donde las respuestas lo acusan y lo acosan. Hoy queda aún más en cueros. Más allá de los “cálculos” poéticos, Vestrini lo saca a flote con una provocación: “Poeta, de usted se dice que es un calculador…”. Y entonces, el “Catire” se revuelve en su propio ego. Se desvanece porque la entrevista que ha quedado en el ayer se ha convertido en un hoy cuyas evidencias lo muestran como lo que él mismo ha dicho: un calculador. Se despereza cuando la reportera perfila: “Si hasta los altos funcionarios del CONAC se permiten decir en público que los poetas son unos vagos…”

Hernández D´Jesús zapatea. “Sí, eso es: cuando no critican, acusan”. Pasados los años, el mismo personaje acusó a los poetas venezolanos de mañosos, a propósito de un concurso literario auspiciado por el gobierno rojo y del que no asomó el nombre del jurado porque los poetas de este país “son unos tramposos”. Palabras más, palabras menos, el merideño también recibe acusaciones desde Colombia como calculador. Pero, al parecer, son gajes del oficio de quien llegó a la revolución y logró sus sueños. Para cerrar, Miyó Vestrini lanza en ristre: “En términos generales, ¿Crees en la posibilidad de ser poeta y militante a la vez?”. La respuesta es realmente tierna para los tiempos que nos toca vivir: “-En este momento, te respondo categóricamente, no. Como poeta milito solamente en la actividad poética. Y además, invito a todas las personas que tienen que ver con la poesía a hacer lo mismo: ¡Militancia en la poesía!”.
¿Qué opina el lector de hoy de esta afirmación del nombrado poeta?
La vigencia de la pregunta de Miyó sigue desnudando a Enrique Hernández D´Jesús.

Con el militar Gustavo David Carpio Gutiérrez la entrevista casi termina en una riña. Pero la veteranía de Miyó cierra el ciclo y se va a otro espacio.

Miyó: “Seamos más directos y prácticos. En un país donde realmente el pueblo la pasa mal, sufre de pésima atención social, ¿cuál debe ser el papel de un militar?” La respuesta: “Yo, no como militar, sino como hombre pensante, te diré esto: la marginalidad de Caracas es un ochenta por ciento sinvergüenzura…” Entonces, Miyó: “Como es fácil de comprender, la entrevista concluyó aquí. No hubo agarrada de solapas, pero obviamente, la discusión subió de tono…”

Gonzalo Ramírez Cubillán, el expresidente de la Cámara de Diputados que “soñó con regalarle un mar a Bolivia”. Economista cercano a la escritura, a la novela, Ramírez Cubillán desdice de la economía y se entrega a los sueños de la ficción, aunque en su novela “El Mar de Eloísa” hay mucho de él. Añade en la conversación que “la política le cierra las puertas a la imaginación”, aunque hizo carrera en la política, con o sin imaginación, pero se habla de su inteligencia. Y entre el niño que imaginaba y el mar, el hombre que era acusado de loco, término que él no rechaza, porque “Estuve arriba, estuve abajo”. Para, finalmente, declararse anarquista. Contradicciones si se lee su novela.

Carlos Contramaestre siempre quiso ser una momia. Por eso le gustaba viajar a Guanajuato. Su pasión necrofílica lo hizo famoso.
Miyo comienza:

“¿Te preocupa mucho descomponerte, podrirte bajo tierra?”

“-Bueno, nosotros ya estamos medio podridos”, respondió Contramaestre.

“-Nosotros, ¿quiénes?”

“-Somos varios, pero quiero nombrar a poca gente, porque puede incrementarse el amor. Además, como ya lo sabes: la muerte es un orgasmo fallido, el último orgasmo”.

El autor de “La mudanza del encanto” y de la exposición conspirativa “Homenaje a la necrofilia” con estos intentos le ajusta cuentas al arte: lo quiso desmitificar.

Pueblerino, sin embargo se instaló en Caracas. Había estudiado medicina en Salamanca. Habla de la piratería literaria como si se tratara de un plagio asintomático. Y para ello creó la institución “El Parche de Oro” donde caben todos. Habla de la infancia, de la adolescencia, de su pasantía por la política, de ser un frustrado hasta cierto punto, porque “no he debido nacer en Venezuela”. Y le da horror dictar cátedra, ser un ejemplo. Cierra con la afirmación de haberse jugado la vida como muchos otros, “porque no tenemos otras apetencias que no sean las trascendentes del espíritu”.

Alfonso Montilla tiene fama en las calles de Caracas. Poco se sabe de su poesía, pero sí de su labor como hombre de televisión. De programas culturales, como aquel “Territorio Caribe” o “Caminos que andan” con el que le hizo un homenaje a Ramos Sucre   (Cumaná, 9 de junio de 1890 - Ginebra, Suiza, 13 de junio de 1930) en imágenes. Una verdadera aventura. Habla de las dificultades de convertir al poeta cumanés en un personaje de la pantalla chica. Pero cree haberlo logrado. Porque supo colocar los paisajes donde se movió el poeta, y así el texto fue más creíble: “Sé que el hermetismo de la poesía de Ramos Sucre es difícil de verter en imágenes. Pero creo que he logrado hacerlo de una manera sencilla y comprensible. Y pienso que es una tentativa seria y honesta de comunicarme con mi país, a través de un personaje que me atormentaba y que ahora siento aún más profundo en mí”.

2.-

No he querido concentrar esta nota en Miyó Vestrini. Ella hizo su trabajo: dejó que el entrevistado desarrollara su tesis. Permitió que la persona que encaró se despojara de sus manías y fantasmas y se desahogara.

Me concentro en los entrevistados como protagonistas en esta travesía. Me inclino por algunas de sus respuestas, como el lector ya ha constatado. Miyó dejó correr ciertas arrugas para más adelante tomarlas y así verle la dermis a quien tuvo la libertad de hablar y hasta de callar.  

Eso sí: algunas de estas entrevistas revelan lo que el actual presente histórico afirma: son voces que promueven la opacidad del momento, proyectada a estas horas aciagas. Algunos de los personajes, los que aún respiran sobre sus pies, despliegan contradicciones tan evidentes que los colocan frente a su propio paredón. Algunos que aún viven se traducen como el correlato de unas afirmaciones que a estas horas del año 2016 los hacen ver como simples adjetivos.

La lectura de “Al filo” (Caracas 2015) descorre el velo de un pasado reciente con el que aún se alimentan esas pocas voces. Pero Miyó Vestrini supo desnudarlas, supo convertirlas en un asunto de cuidado en el sentido de provocar ¿molestias? en quienes se sentían, si no acorralados, al menos estrechados por las filosas preguntas de la reportera.

3.-

Con Valera Mora la ideología, los afectos y las consignas continuaron su labor. Es honesto al responder, pero se queda allí, acuñado en las respuestas que ya conocía Vestrini. Es decir, Valera Mora es un personaje modélico. Luego de hablar un poco sobre dos de sus libros, “Amanecí de bala” y “70 poemas stalinistas”, entra de lleno en su pasión: la revolución. Ante una pregunta de la periodista, Valera Mora afirma: “-Lo que pasa, es que además de la militancia política, tengo algo que se llama militancia poética. Es más, si no me resuelvo con un poema, si no digo las cosas que tengo que decir, si no las escribo, me reventaría por los cuatro costados. Sostengo que en definitiva, lo que va a resolver toda la problemática, es la poesía”.

Insiste Miyó: “Yo creía que era la revolución la que iba a resolverlo todo…”.

“-Sí, la revolución es necesaria. Pero, ¿a quién va a resolver eso que llaman la diferencia entre el reino de la necesidad y el reino de la libertad? Solamente la poesía”.

Pero Miyó Vestrini no deja pasar la bola:

“¿De verdad crees que en alguna parte del mundo, la poesía ha resuelto eso?”

“-Sí. En Nicaragua lo resolvió: Rubén Darío es el que está mandando allí. Y en Irán, donde triunfaron los festejos de Omar Khayyám”.

Miyó pone en duda las respuestas. Las considera abstractas. Para el hoy que nos vive, en Nicaragua Rubén Darío es un adorno, porque quien gobierna es un pendenciero a quien le gusta recibir prebendas ajenas. Y en Irán no creen en Khayyám porque gobierna un despotismo religioso de los más terribles.

Luego de otros escarceos, Valera Mora dijo que no se arrepentía de nada “y seguiré viviendo”. Además de sentirse orgulloso de no tener donde caerse muerto. Terminó con esto: “Y en vez de despechado como tú dices, lo que soy es un desolado”.

El poeta zuliano Hesnor Rivera (1928-2000) cierra estas páginas. Compañero de palabras y luchas de la primera Miyó Vestrini en el grupo Apocalipsis, la conversación se desarrolla mientras el calor marabino hace sudar los verbos. El poeta habló de su pasada por Chile con la gente de “Mandrágora”, por el Liceo Baralt. Por los cien sonetos que escribió, aparte de que se considera un poeta de verso libre. Y hablaron, Miyó y él del famoso poema “Silvia”, tan leído, tan comentado, tan aplaudido y hasta tan alabado por su propio autor. Se declaró siempre un triste. También en disciplinarse porque ejercía dos trabajos: el periodismo y la escritura creativa. Favoreció la rutina, “pero una rutina que me deje tremenda libertad para imaginar. Es decir una anti rutina. Soy un hombre muy desordenado todavía”.

Confesó que el periodismo es un vicio y deseó morir en casa en lugar de quedar tendido en la calle. Y así, hasta la última línea en la que Miyó Vestrini se deshizo del lápiz y la libreta y se asomó para ver la gran barriga del Lago de Maracaibo, espejo que refleja la no plenitud de Rivera, quien insiste en la imaginación.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo:  Javier Aizpúrua, Vasco Szinetar y Faride Mereb

Una página más adelante, la cara de Vasco Szinetar. La de Javier Aizpúrua y Faride Mereb en grupo.

Cada trabajo periodístico de nuestra autora revela su condición de lúcida reportera. Sabe preguntar. Sabe cuándo el entrevistado quiere evadirse y retoma el camino.

4.-

“Al Filo” es, como el anterior de esta colección, un libro de arte. Un tomo logrado con mucha paciencia, con imaginación, con buen gusto. Faride Mereb es una artista que une la gráfica con el contenido poético.

Poesía ilustrada, fotografiada en el gesto de cada personaje.

Sometido al cuidado del papel biblia, de su delicadeza, pongo el tomo sobre la mesa e imagino a Miyó Vestrini levantarse de la silla, una vez terminada la faena. Asomarse a la ventana de la casa de Silva Estrada, por mencionar sólo una de las locaciones, y verse reflejada en el vidrio que la protege de la brisa mañanera.

Entonces enciende un cigarrillo y sonríe.


*******

Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua.

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».



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miércoles, 6 de julio de 2016

Bartleby y Medico-no


Slavko Zupcic

Bartleby y Medico-no





En las puertas de la facultad de medicina, invitado a matricularse y entrar o a punto de recibir la primera lección, gracias a Melville pero también a Viña Matas, todos sabemos lo que habría dicho Bartleby:
-Preferiría no hacerlo.
Porque es la carrera más larga, porque exige mucho tiempo, porque no le ve sentido a gastar un año de su vida estudiando fisiología, porque es muy difícil trabajar simultáneamente, por las fiestas del pueblo, porque la carrera incluye prácticas en el hospital que no está dispuesto a asumir, por tantas cosas.
Es Bartleby, no puede hacer otra cosa que preferir el no hacerlo. Sin embargo, ya que los padres insisten, finge entrar y matricularse, finge incluso estudiar. Se instala en un apartamento junto a la facultad y todos los días sale después de desayunar, se dirige hacia la universidad y hace como si entrara. Pero no entra porque es fiel a su discurso inicial.
-Preferiría no hacerlo -dijo la primera vez y, aunque nadie lo escuchó, Bartleby es una persona a su manera coherente.
El problema de Bartleby es que siempre llega el momento en que el grupo al que pertenece le pide que se gradúe, que muestre su título y comience a ejercer.
Hay quien sigue siendo Bartleby toda la vida y se inventa una facultad interminable: exámenes, cursos, especializaciones, doctorados y, para después, siempre está  la política. De tal manera nunca llega a prescribir ni siquiera una aspirina. Es el Bartleby bueno.
Hay otros que no pueden ser ni buenos ni coherentes y de Bartleby pasan a ser Medico-no.
Medico-no es un personaje que sin haber estudiado medicina se presenta como médico. Es trampa e intrusismo, es delito, pero también es enfermedad. Medico-no nunca estudió fisiología ni fisiopatología, pero no le importa: cree que no le hace falta para prescribir paracetamol y enalapril. El problema de Medico-no es que sólo puede terminar en la cárcel o en el periódico. Su ejercicio es, por ignorante y despreocupado, agresivo y una vez transgredida la primera norma las transgrede todas.
Los hay por puñados, porque hay algo de la medicina que resulta apetecible. Pero para mí, por su perseverancia e insistencia,  el más genuino medico-no es uno que conocí en Castellón hace aproximadamente diez años.
Cuando lo vi por primera vez, era medico-no de ambulancias. Traía los pacientes al hospital y permanecía horas conversando mientras hacía grabaciones en el baño de las enfermeras. El hombre daba clases en varias facultades y decía que tenía una y otras especializaciones. Al final, lo denunciaron más por los vídeos que por el intrusismo.
A los cuatro años volvió a atacar. Con un título falso se presentó a hacer la especialización en Alicante o Elche y, además, trabajaba para una mutua. Esta vez lo denunciaron por intruso y todos creímos que desaparecería.
Sin embargo ha vuelto. Esta vez Medico-no ha elegido Figueres para practicar un  saber del que formalmente carece. En el pueblo de Dalí, en un punto de atención médica trabajó seis meses a partir de noviembre de 2015. Terminó siendo denunciado y, en los periódicos, sus pacientes advierten que no notaron ninguna diferencia respecto al ejercicio de los médicos verdaderos.
Es una pena, seguramente, pero también una infinita tontería. En los años transcurridos desde que dejó de ser Bartleby, Medico-no habría podido estudiar varias veces la carrera de medicina. Pero, sin embargo, no lo ha hecho ya que su meta no es ser médico sino medico-no, un asunto absolutamente diferente.

De puertas hacia bien adentro





 Tengo sueño ahora, mucho sueño…”, dijo Dios.
Luego se quedó profundamente dormido:
al poco rato comenzaron a aparecer
las imágenes que crearon al mundo y los seres.
Gabriel Jiménez Emán, Sueño.

Convocando un aprendizaje universal, todo creador procura tocar sensibilidades ajenas a partir del añadido de la suya. Mas el intento no queda en el hecho de una mera sumatoria, acaso de una prolongación, sino de un diálogo atrevido y atendible por sus porciones de familiaridad. ¿Qué permite en realidad ese contacto, esa posibilidad de integración? Pues el reconocimiento mutuo de lo realizable, aun en los predios de la sorpresa y de la imaginación provocados por la obra.

Lo negociable entre escritor y lector —para aterrizar ya en una reciprocidad concreta— se da en el trato de una libertad, aburrida de sus horizontes o límites, con una dependencia dolorosa y placentera, pero ambivalente también en cuanto a las propuestas de caminos vivenciales que ofrece. Esto va tanto para autor como receptor. Lo sabe el venezolano Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950) al examinar el drama del escritor en una de las narraciones cortas de Ficciones, fábulas y microrrelatos (Editorial Arte y Literatura, 2015) y reconocer una secuela casi siempre pasajera: Aparentemente, el drama de un escritor se revela cuando ya no tiene nada que decir y continúa escribiendo, o cuando tiene mucho que decir y no encuentra las palabras apropiada para expresarse. Desde otro punto de vista, podría ser que el escritor escriba para ganarse la vida o tener éxito, y no curra ninguna de las dos cosas. Pero no. El verdadero drama del escritor se produce cuando pone punto final a su obra y se cerciora en ese mismo momento de que esta no existe.1

No por contabilizar sino para reparar en los alicientes y desencantos de la creación, y en los demonios de la autoría, es que bien valen esas páginas como la ya citada y tantas otras en las que Jiménez Emán declara y sugiere como el narrador que es. En “El cuento más bello del mundo” regresa sobre el acto de escribir desde Hugo Han, uno de los personajes más obsesivos de este libro. El mundo ficcional que rememora el fenómeno (re)creador y creativo, al tiempo que la propia experiencia de Emán volcada como confesión en el afán, el placer y la agonía de concebir obra, es fascinante y preocupa por cercano e influyente.

El título del libro: Ficciones, Fábulas y Microrrelatos aparenta cierta clasificación o división genérica, cuando en verdad asistimos a todo un inventario imaginativo que se erige sobre los referentes más misceláneos de distintos contextos. Para colmo, mediados por la fascinante y a la vez pavorosa constelación posmoderna, donde olvidamos creaciones primarias por cuenta de atractivos reciclajes culturales.

Noventa son los textos que dan fe de ello. A veces prima un encontronazo entre realidad y fantasía, rememorando —a manera de homenaje— el dinosaurio de Monterroso o las greguerías de Gómez de la Serna; otras, fabula y no teme a la lección temática o conceptual, aunque más resuelta al cierre conclusivo y esperado de la historia, si bien apetece siempre la reflexión del lector como, por ejemplo, en “La prostituta que vendía sus ideas” y “El caballo que deseaba ser un jinete”.

Por si fuera poco, Gabriel Jiménez Emán retoma figuras históricas, literarias mitológicas y reinventa un universo de la probabilidad ficcional. Y aquí destaco: “Diálogo postrero entre Sancho Panza y Alonso Quijano, oído por el autor del Quijote”, “La mano de Cervantes” y “Troya arde de nuevo”; esta última una invención realmente muy bella en tanto impulso de un imaginario cerca de lo testimonial. Y si acaso Jiménez Emán me preguntara cuál yo prefiero en cuanto a relato ingenioso y sorpresivo, me quedo con “El espectador ausente”.

En Ficciones, fábulas y microrrelatos asistimos a desiguales tonos porque cada tema pide uno en particular. Es de destacar cómo su autor cuela un existencialismo sin didactismos sociológicos o pseudofilosóficos, aunque sí encontramos aciertos psicológicos que valen incluso por esa hechura harto retocada a lo sentencioso. Al inicio de en “La melodía de las esferas” se lee: «La vida es como es y no admite adjetivos: es todas las cosas y ninguna, es todo y nada».Para luego, en esa misma ficción concluir con «la mala suerte no es más que la ridícula traducción de un dato imposible».Ello viene a engrandecer un estado anímico legítimo, una verdad generalizada a partir de lo vivencial.

Ahora, si algo equipara las narraciones de este libro, amén de su espontaneidad expositiva y encanto temático, es sin dudarlo las atmósferas de aislamiento (no de encierro gótico), por lo general vinculadas a esos protagonistas de apartamentos o casas independientes; sobre todo, esos sujetos pensativos y somnolientos en los lechos de sus habitaciones. Pocas veces advertimos en Fábulas, ficciones… una simpatía habitual hacia la calle, el ambiente rural, en fin, el transitar diario.

En el presente libro casi prima lo que siente el personaje de “La taberna de Vermeer”, cuando dice: «Cada vez que intentaba meter la llave en la cerradura para salir a la calle el pulso me temblaba, y tenía que regresar». No es que se imponga la agorafobia, sino que se prefiere vivir de puertas hacia bien adentro.

Como una buena y larga conversación entre personas que se estiman y no tienen por qué estar de acuerdo en cuánto manifiestan, se dialoga de un tirón con Ficciones, fábulas y microrrelatos, una antología encantadora de un narrador de la vida, acaso porque ha sido un obsesivo y verdadero inventor de mundos posibles e imaginados. Ese hombre es Gabriel Jiménez Emán.

NOTAS
1. Jiménez Emán, Gabriel. Ficciones, fábulas y microrrelatos. Editorial Arte y Literatura, 2015, p.37.
2. Ibid, p.158.
3. Ibid, p.162.

FUENTE:http://www.caimanbarbudo.cu